
Discurso de la MINISTRA DE CULTURA
"Un hombre bueno es difícil de encontrar"
Esa frase es el título de un famoso relato de la escritora norteamericana
Flannery O'Connor -una de las preferencias de José Jiménez Lozano-, y la
cito porque me ha parecido que le convenía plenamente a nuestro escritor.
Y porque he pensado que debía pronunciarla precisamente hoy, aquí,
cuando celebramos que José Jiménez Lozano se ha encontrado, sin buscarlo,
con el Premio que lleva el nombre de uno de sus "cómplices" más dilectos:
Miguel de Cervantes.
Un hombre bueno -tomando el adjetivo en el sentido de finura,
exquisitez- es difícil de encontrar, sí. Pero se los acaba encontrando,
naturalmente. Como en el día de hoy. Y como en otros días: si consideramos la lista de premiados con este
galardón, desde que fue creado hace ya veintisiete años, observaremos que en
todos ellos ha prevalecido un criterio de excelencia.
Y ese criterio lo corroboran, una vez más, los reconocidos
merecimientos de José Jiménez Lozano, el escritor designado en esta edición
del Premio Cervantes, la del año 2002.
Milan Kundera ha dejado escrito que el novelista no tiene que rendir
cuentas a nadie, excepto a Cervantes.
Eso es cierto para todos, pero lo es aún más en algunos casos.
Lo es aún más cuando se trata de alguien que, como José Jiménez
Lozano, ha demostrado de sobra su pertenencia a la estirpe literaria y moral
que deriva directamente de la enseñanza cervantina, y que tiene como dos
rostros: el de la humildad y el de la ironía. Humildad. Humildad porque, como él mismo ha señalado, la hay más
en ser "docto" que "doctor". E ironía; ironía porque es el arma más sutil de la
inteligencia, la que han solido esgrimir los espíritus mejor dotados a lo largo de
nuestra historia.
José Jiménez Lozano no es sólo un novelista. También es ensayista,
memorialista, periodista y, por mucho que lo niegue cuando se lo preguntan,
también es poeta. No es frecuente que una vocación cunda tanto, ni que se realice con
tanta honestidad y sinceridad el trabajo de escritor, o el de "escribidor", como él
prefiere llamarse. Así que vale la pena ver en qué consiste eso de ser escritor,
según José Jiménez Lozano.
"Escritor -ha dicho él mismo- es alguien que escribe y que, en su
escritura, logra sacarnos de nuestra vida diaria y hacernos vivir otras vidas,
andar por otros mundos, pensarnos y repensarnos, y nos asoma al fulgor de la
hermosura, al otro lado de la realidad que nosotros no queremos o no podemos
ver."
Permítanme que me detenga en ese "hacernos vivir otras vidas",
porque es lo que, sin duda, la mayoría de los lectores buscamos al leer.
Y lo buscamos -y a veces tenemos éxito en esa búsqueda difícil-, no
sólo para conocer a través de los libros vidas que no se nos alcanzan, sino
para contrastar y entender mejor las nuestras, y para despertar anhelos que
quizá duermen olvidados en nuestra memoria.
Leemos por placer, por gusto. Y también leemos para hacernos
mejores, más -permítanme la expresión- más "amplios", más plenos, para
completarnos, y -otra vez recurro a palabras de Jiménez Lozano- porque "un
texto literario se lee, desde luego, buscando allí otras vidas que la propia
pequeña vida, o mares y océanos, y para ver y oír historias de hombre, y sobre
todo buscando una casa para ampararnos."
Una casa como ésa -su obra- la ha ido construyendo José Jiménez
Lozano libro a libro, y lo ha hecho con una coherencia absoluta.
De esa obra, además de sus excelencias de "estilo" (palabra que digo
entre comillas, y cuyo análisis no es de mi competencia), me gustaría destacar
hoy su intención ética, su aliento moral y filosófico.
Porque son muchos los que han encontrado en los libros de José
Jiménez Lozano materia de reflexión; aunque, tratándose de él, tal vez sería
mejor decir que han encontrado "materia de perplejidades".
En los libros de José Jiménez Lozano no encontramos ninguna
especie de virtuosismo pagado de sí mismo.
Lo que encontramos es, sí, "fondo", un fondo real, una profundidad
extraña, antigua, y al mismo tiempo cercana y amiga. Y esa cierta preferencia
del fondo sobre la forma la ha puesto de manifiesto el escritor en los
numerosos artículos publicados en diarios y revistas, con los que Jiménez
Lozano ha ido amasando adobe para la casa de su literatura, que consta, por
ahora, de más de cincuenta títulos, entre novelas, cuentos, ensayos, diarios y
libros de poemas.
Y, sin embargo, esa preferencia del fondo sobre la forma comparece
en sus libros siempre hermosamente, finamente envuelta: es la delicadeza 3
natural propia de un escritor que -gravemente- ha escrito: "con la forma no se
juega".
Y que, un poco más adelante, para que todos lo entendamos del todo,
completa así ese fulgor en forma de frase: "La forma es la belleza".
Fondo y forma han modelado sus libros, todos ellos. Nietzsche, otro de
sus "cómplices" -a José Jiménez Lozano le parece pedante llamarlos
"maestros", y nosotros le respetamos- decía que para un libro es suficiente un
lector e incluso ninguno, y nuestro autor parece suscribirlo por completo,
porque se diría que no ha buscado lectores; que ha preferido que ellos le
encuentren.
Y esa no debe de haber sido una tarea fácil, porque -me atrevo a
parafrasear de nuevo a Flannery O'Connor-, "un buen lector es difícil de
encontrar", porque se trata de un encuentro de almas gemelas.
Pues bien: nuestro "hombre bueno" los ha encontrado: son muchos los
que se han acogido a sus libros. Son muchos los que han quedado
calmadamente fascinados por su certera descripción de alguna realidad, tanto
da si del arte o del paisaje -acaso sean lo mismo-, de su cercana Castilla o de
la lejana Flandes.
Son muchos los que, a través de sus ensayos sobre los judíos y los
moriscos en España, hemos aprendido a comprender mejor lo que significa la
palabra "tolerancia".
Muchos, asimismo, los que en sus novelas, en sus cuentos, o en sus
poemas, hemos encontrado todo el dolor y toda la alegría del mundo
contenidos en una remota e insignificante aldea o en una tranquila ciudad de
provincias. Porque, como él dice: "¿qué historia humana hay que no sea
memorable?, ¿y qué lugar del mundo no tiene su memorable historia?"
Quizá por eso sus personajes más grandes son los humildes, los
inconformistas y los desatendidos: Blas Cívicos, el simple de espíritu de 'Las
sandalias de plata'; o Constancia y Clemencia, las elegantes y cultivadas
señoritas de 'Las señoras', que se toman tan en serio el mundo que se ponen
sus convencionalismos por montera; o Jonás, el más pequeño de los pequeños
profetas de la Biblia y su extraño viaje; o la entrañable Sara, 'Sara de Ur'.
Todos ellos están dibujados con una especie de piadosa naturalidad;
todos hablan a nuestras mentes y a nuestros corazones de hoy con palabras
de siempre. Y sin olvidar la ironía en esos dibujos de caracteres, una ironía
constante y clemente, una ironía que se aprende en la mejor escuela: la de la
lectura.
Ha dicho Steiner, y José Jiménez Lozano lo ha repetido muchas
veces, que escribimos a través del tiempo. Por eso, conforme éste discurre, mayor es el número de escritores y filósofos a los que nuestro escritor ha
llamado "cómplices", que no, como ya he dicho, "maestros", tal vez porque
considere esa palabra demasiado pretenciosa, demasiado pomposa. En un
libro titulado 'Una estancia holandesa', publicado en 1998, el escritor
conversaba largamente con Gurutze Galparsoro, y enumeraba los autores del
pasado a los que él considera "como de la familia". Resulta muy ilustrativo
enumerarlos.
Está Simone Weil, una mujer cuya inteligencia José Jiménez Lozano
califica como la de "la hoja de un cuchillo", y a quien debe esa mirada
compasiva sobre los seres tocados por la idiocia, tocados por la gracia, como
también le debe esa elocuencia del silencio que se plasma en sus propios
textos, sobre todo en la poesía.
Hay más mujeres: la novelista Flannery O'Connor, de quien admira su
inteligencia cáustica, pero también su compasión; o las hermanas Brönte, Emily
en particular.
Y también están Shakespeare, Dostoievsky, Tolstoi y Balzac. Y
Chejov, Pirandello y Melville, orfebres de los relatos.
Como el propio José Jiménez Lozano, que ha reunido en varios
volúmenes sus cuentos, intensos y sobrecogedores, como 'El mudejarillo' o 'El
santo de mayo', por citar dos de ellos, o 'El grano de maíz rojo', por el que
recibió el Premio de la Crítica en 1988. Entre sus cómplices también hay filósofos como Kierkegaard, de quien
dice haber aprendido la desconfianza hacia toda sistematización. No faltan
"Monsieur" Pascal, y Descartes, y Spinoza y Montaigne, y muchos más, tan
estudiados y consultados, porque, según sus propias palabras, "no se termina
nunca de nombrarles y desde luego, cuando uno escribe algo, les pregunta su
parecer, les pide su aprobación silenciosa, al menos. Sus ojos están siempre
ahí."
En poesía, José Jiménez Lozano descubre a quien le lee su deseo de
entender lo que él lee y oye, como las personas profanas, como esas personas
humildes y sencillas de las que se ha hecho portavoz. Por eso prefiere a los
poetas que, le cito textualmente, "nombran el agua y es agua, nombran al
viento y es viento."
Y hay otros cómplices confesos, ésta vez de la familia española, y son
Galdós, por su ironía y, añadiría yo, por su bondad. Y Azorín, por su clasicismo
y por su amor al paisaje, entendido como un arte equiparable a la pintura, otro
de los grandes temas de nuestro autor. Porque en Los ojos del icono, o en el
proyecto "Las Edades del Hombre", así como en artículos y ensayos, José
Jiménez Lozano ha reiterado su amor por el arte.
En particular, su preferencia por la pintura holandesa del siglo XVII, por
esos interiores donde la vida se desarrolla con la sencillez de las cosas a la vez
fugaces y eternas.
Me acerco al final de estas palabras de homenaje volviendo al
principio. He dejado -a propósito- para el final a un importante miembro de la
familia de José Jiménez Lozano. Nadie se extrañará cuando lo nombre, y
menos hoy, y menos en este lugar: Miguel de Cervantes. José Jiménez Lozano
ha observado, a propósito de Cervantes, una paradoja. La paradoja es que en
España, donde a Cervantes se le considera el "ingenio nacional", la ironía, su
principal característica, tantas veces esté ausente, desplazada, tantas veces
por el sarcasmo o la gracia más gruesa.
José Jiménez Lozano ha optado por la ironía, más difícil, más
arriesgada. Tal vez por eso algunos dicen de él que es un escritor "de culto", o
un escritor "secreto".
Desde luego no lo es tanto que no haya traspasado fronteras y
adquirido, en remotas lenguas, fidelísimos lectores, que conocen y escriben al
"solitario de Alcazarén", que es como le llaman algunos porque vive en ese
lugar apacible.
También se le ha llamado "el solitario de Port-Royal", pensando en
aquellos señores y señoras del siglo XVII que vivían cerca de la abadía de ese
nombre, en Francia, sobre los que él ha escrito tanto.
Pero su retiro no ha sido nunca desvinculación de la realidad, ni
indiferencia por las cosas humanas: a lo largo de su vida ha desplegado una
actividad incesante, una tarea de análisis y denuncia de aquello que amenaza
hoy lo que conocemos por humanismo, y que es, o debería ser, el sello de
nuestra cultura occidental.
Su dilecto Kierkegaard, tan agudo y rico en parábolas, se refería a un
aspecto de postración de esa cultura con la imagen, citada por José Jiménez
Lozano, "del barco que se enfrenta a un iceberg. El capitán va a echar mano de
la bocina para dar las órdenes oportunas que eviten la colisión, pero la bocina
la tiene el pinche de cocina, que está anunciando el menú del día. Y eso es lo
único que se oye, la única realidad; del iceberg nadie sabe su existencia, y el
barco se va a pique".
Si en ese barco hubiera viajado José Jiménez Lozano, me atrevo a
añadir, la situación hubiera sido muy otra a la descrita por Kierkegaard. Por
encima del estribillo chillón que anuncia un menú tantas veces demasiado
repetido y complaciente, se hubiera oído su voz, una voz que no grita ni
necesita de altavoces, una voz amable, pausada y calmadamente imponente
que dice las verdades y las bellezas. La voz, señoras y señores, que está en
sus libros.
Y termino ya. Como los honores persiguen a quienes los huyen,
Cervantes nos ha traído hoy a José Jiménez Lozano desde la soledad de de
Alcazarén, tan necesaria para recogerse y prodigarse. A ella volverá cuando termine este bullicio, quizá pensando, y le cito,
que "premios y reconocimientos le parecen a uno algo raro, como si sus
dispensadores se hubieran confundido. Pero, en fin, se alegra uno un poco por
los libros, por dejar de ser invisible, se dan las gracias, y en paz".
Los libros: él se va y nosotros, mientras tanto, nos quedamos en
compañía de sus libros.
Unos libros que, como decía Quevedo en aquél magnífico soneto,
"si no siempre atendidos, siempre abiertos, / o enmiendan o fecundan
mis asuntos; / y en músicos callados contrapuntos / al sueño de la vida hablan
despiertos."
Hablan muy despiertas y muy amablemente las palabras de los libros de
José Jiménez Lozano: muchas gracias, José Jiménez Lozano, por esa voz
multiplicada en los libros, que hablan al sueño, y también a la vigilia, de
nuestras vidas.
Estoy segura de que la literatura se felicita hoy, porque este
merecidísimo Premio Cervantes allanará a tantos lectores presentes y futuros
las dificultades para encontrar al buen "escribidor" y al mejor hombre.
Al hombre, al escritor irreductiblemente cabal que ha sido, y que es,
José Jiménez Lozano.
Muchas gracias.
Pilar del Castillo
Ministra de Educación, Cultura y Deportes
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