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Discurso de Doña PILAR DEL CASTILLO
Señor, Señora:
Miguel de Cervantes afirmaba en la dedicatoria de la segunda parte
del Quijote que el emperador de la China le había pedido su libro
para que con él se leyese el castellano en un colegio de su imperio.
Casi cinco siglos después, lo que pudo ser una humorada se ha convertido
en la realidad de una obra que ha atravesado todas las fronteras.
En el doble mito de Don Quijote y Sancho, la humanidad ha visto
reflejados sus sueños, sus deseos, sus ansias de belleza y justicia
para todos, y lo ha convertido en símbolo de alcance universal.
Libro de la sabiduría humana, el Quijote es también el libro de
la esperanza y de la melancolía, de la trascendencia y de las limitaciones,
de la suprema e insoslayable dignidad de los hombres. En "el Evangelio
del Quijote", como dijo Unamuno, palpita la buena nueva de libertad
y fraternidades humanas.
El genio de Cervantes atendió con oído agudo y compasivo la compleja
música del mundo y supo extraer las notas, tan diversas, de sus
expectativas y de sus anhelos. No hay un libro menos cerrado, más
abierto que éste, lleno de una riqueza casi infinita de significaciones,
de una insólita capacidad de sugerencias, que son las que en la
inmediatez de su vivir noble y a veces desamparado captó su excepcional
creador. En los entresijos de su alma despiertísima quizá intuyó
Cervantes el destino universal de su libro, pero lo que no pudo
conjeturar es que la lengua en que estaba compuesto se convertiría
en el idioma de cuatrocientos millones de personas repartidas por
todo el mundo, y cada vez más pujante en las más diversas universidades,
escuelas e institutos, donde de manera creciente se ha convertido
en el vehículo esencial de comunicación. Esta lengua va asociada
al nombre del más genial de sus cultivadores, es la lengua de Cervantes,
es la lengua de los sueños más altos, pero también de los impulsos
de cada día, del acuerdo, del amor y del dolor.
El Premio Miguel de Cervantes rinde homenaje al inmenso escritor,
pero también a un idioma secular y universal y a la gran tradición
literaria que lo sustenta. No hay gran lengua sin gran literatura
detrás. Y se honra un año más con la presencia de Vuestras Majestades,
que durante veinticinco años de reinado han apoyado con sostenido
entusiasmo la expansión y el crecimiento del idioma y de la tradición
literaria en que éste halla cauce.
El Premio Cervantes del año 2000 ha recaído en Francisco Umbral,
que protagoniza hoy este solemne acto en la Universidad de la misma
y noble ciudad que vio nacer a nuestro mayor escritor hace más de
cuatro siglos y medio. Es Umbral un creador que siempre ha reconocido,
proclamado que más que un autor inspirado es una expresión de la
lengua, un producto alumbrado por su genio, un hijo verbal del idioma.
En él encontramos a uno de los escritores ineludibles de la segunda
mitad del siglo XX. Este autor ha descubierto un nuevo modo de explorar
la memoria, ha revelado una nueva manera de hablar del yo personal,
ha encontrado en el castellano inesperadas asociaciones y nuevas
fulguraciones verbales, ha mezclado y fundido géneros, ha estampado
su sello personal en todas sus creaciones.
Umbral es también un cronista imaginario y verdadero de la historia
de España, lo que le convierte en legítimo heredero de quienes,
como Galdós, Baroja y Valle-Inclán, abordaron tiempo atrás la misma
tarea de novelar la realidad española. Pero el mundo de estos libros
narrativos y memoriales trasciende la materia española y es, en
primer lugar, el universo de los hombres. La materia española está
exenta de localismos. Vale como ámbito general de la expresión humana.
Ha hecho suya también Umbral la sensibilidad del siglo: la de
los sueños y la de los fracasos. Historia de España y del mundo
la de sus textos, pero historia a la vez de cómo literatura vive
en los hombres. Y por eso ha elaborado también la crónica literaria
de nuestro tiempo. De ahí la vigencia de sus ensayos críticos, que
alcanzan a situar la obra comentada en el mundo, en el de todos
y en el del lector.
Cultivador de la memoria poética, que es la decisiva en literatura,
nuestro escritor ha recreado su infancia y adolescencia de la provincia
en algunos de sus libros más decisivos. Descendiente de los grandes
escritores de la memoria, pero hijo asimismo del aire libre de calles,
ha narrado los recuerdos de un niño de provincias en nuestra posguerra
en páginas que a veces recuerdan ciertos gestos de nuestra picaresca.
Y ha narrado la memoria también, la memoria y las memorias, de un
hombre dispuesto a afrontar los azares de la vida y la literatura.
Por su atención a la naturaleza humana, el autor de Mortal
y rosa ha sabido llegar a los fondos trágicos de nuestra condición.
Fondos trágicos en un tiempo de relativizaciones, de dramas y no
de tragedias, de anécdotas y no de categorías. Y, no obstante, Umbral
sabe trasportarnos en este libro a los abismos del espanto, al escándalo
que es siempre la muerte de un niño, la ruptura del orden de las
cosas.
Desde esa misma pesadumbre ha escrito Umbral sus libros negros.
Libros donde suena la ausencia del espíritu, donde los hombres palpitan
como fieras y cuya exposición constituye en sí mismo una eficaz
manera de denunciar un inaceptable estado de cosas, que es ante
todo moral.
Cronista de nuestra historia colectiva, memorialista, cronista
de la literatura, vocero de la tragedia, buceador de oscuros abismos,
el autor ha sabido auscultar el múltiple latido del vivir. Por eso
hay también humor en sus muchas páginas, lo que es un eco, lejano
o próximo, del eterno trueno de Cervantes.
Umbral es asimismo un lírico. Los es por la proyección de la experiencia
personal y por las mismas calidades de su lenguaje, que ha aprendido
en los poetas lo más duradero del arte expresivo. Umbral le exige
al lenguaje lo mismo que un poeta. De ahí la cadenciosa andadura
del discurso, la constante invención verbal, la novedad de la adjetivación,
la riqueza de las metáforas. Habita la prosa de Umbral una confluencia
de registros, una concurrencia de la precisión idiomática y de su
alada belleza.
Creador de raíz, se revuelve al autor contra los estereotipos
verbales, contra las frases y lugares hechos, fiel al sabio consejo
de que no se es escritor por abordar determinados temas sino por
haber elegido decirlos en cierta manera. A la vez, el lirismo coexiste
y se alterna con la sátira, nieto legítimo también en esto de Francisco
de Quevedo, admiración permanente de nuestro autor. Por eso el Umbral
contundente se da la mano con el Umbral delicado y ensimismado ante
las glorias del mundo.
Novelista, autor de relatos y ensayos así como de libros inclasificables,
es también un gran escritor de periódicos, que ha hecho arte del
artículo, literatura honda y verdadera, como Azorín, como Ortega,
como Eugenio D'Ors. El escritor es siempre escritor, piensa Umbral,
que ha sabido ser consecuente con esta manera de ver la escritura.
Comenta así la noticia, hace, pues, periodismo, pero a la vez, saborea
dichoso el placer del texto, la imagen inusual, el adjetivo que
deslumbra, el neologismo agudo y preciso. Por eso muchos artículos
suyos soportan la edición en libro y forman ya parte de la mejor
prosa española del siglo XX.
Trata Umbral el castellano con fervor, con pasión, con unción,
con trabajo. Porque la inspiración viene de la mano del mucho laborar
con las palabras y Umbral ha sido un laborador incansable. Pocos
escritores tan atentos como él al lenguaje de la calle, al idioma
coloquial, que reelabora en su propio estilo, mientras se preocupa
a la par de la palabra culta y refinada.
El texto umbraliano dialoga con la tradición, con los sueños del
idioma de ayer, pues eso son los creadores, hacedores de sueños
con la lengua.
Umbral se baña en el río del idioma que viene fluyendo desde hace
diez siglos. Un río que hoy es torrente grandioso y desatado. Los
hablantes son las gotas que acrecen ese río, cuyo rumor adquiere
modulaciones diversas según lugares y territorios. Los grandes escritores
tienen conciencia agudísima de ser agua de ese río. Por eso, son
personales y, a la vez, impersonales: la impersonalidad viene de
la historia; la personalidad la pone el aliento creador.
Ambas características concurren felizmente en Francisco Umbral,
castellano de Madrid, Castellano de Valladolid, pues ambas ciudades
lo han modelado, y sobre eso, español de las Españas que hablan
y escriben en la lengua generosa de Cervantes.
Muchas gracias.
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