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Discurso de JOSÉ GARCÍA NIETO
Discurso de José García NietoSeñor, Señora, Excelentísima Ministra
de Educación y Cultura, Dignísimas autoridades, Señores académicos,
Señoras y Señores.

©Archivo gráfico "El
País"
José García Nieto. |
Es para mí un alto honor, no exento de responsabilidad aceptada
gustosamente, dirigirme a Vuestras Majestades para agradecer en
nombre del Excelentísimo Señor e Ilustre poeta don José García Nieto
la distinción de que ha sido objeto al concedérsele el premio Cervantes.
Las circunstancias personales de nuestro poeta galardonado le impiden
(aunque contamos con su presencia) subir a esta cátedra y con la
galanura de su estilo y el entonado y grave tono de voz que siempre
ha tenido, exponer las múltiples razones de agradecimientos que
siente al verse distinguido poe tan alto galardón.
Serán, pues, mi persona y mi palabra las que representen a las suyas.
Pero lo haré con la sola y grata misión de transmitir en su nombre
y con sus propias palabras toda la alegría y la honra que hoy inundan
su corazón.
El primer deseo que me ha transmitido ha sido el de manifestar su
convencimiento de que al otorgársele este alto honor que supone
la concesión del premio Cervantes "Se ha querido (dice) rendir tributo
y homenaje a todos los poetas que, surgidos en la década de los
años cuarenta, comenzaron a crear su obra en esos años tan atribulados
y conflictivos de la moderna historia de España".
Piensa, con esa nobleza de espíritu y esa grandeza de intenciones
que siempre le han distinguido, que "cualquiera de los poetas de
mi generación, todos amigos personales y admirados como líricos,
hubiera sido merecedor de este premio. Con ellos conviví, con ellos
me lancé a ese difícil camino de la poesía y de ellos aprendí a
soportar las "iras del espíritu" frente a una sociedad que acuciada
por necesidades más urgentes, veía la poesía como un quehacer inocuo
al no poder valorarla en toda su absoluta y redentora dimensión.
Así, pues, manifiesto públicamente mi agradecimiento más sincero
a todos y cada uno de los miembros del jurado que decidió concederme
tan distinguido galardón". El Premio Cervantes tiene además para
nuestro poeta, un valor añadido: el que le otorga su denominación.
Y manifiesta:
"Cuando pienso en Miguel de Cervantes, gloria de las letras hispanas,
no sólo tengo en cuenta al dramaturgo que saliéndose de los límites
de su llaneza dijo: "que se vieron en los teatros de Madrid representar
Los tratos de Argel, que yo compuse, La destrucción de Numancia
y La batalla naval, donde me atreví a reducir las comedias a tres
jornadas, de cinco que tenian; mostré, o, por mejor decir, fui el
primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos
del alma, sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso
aplauso de los oyentes..."
Ni recuerdo sólo al gran escritor que "como novelista es el maestro
del género en la literatura moderna universal, creador de varias
de sus formas y autor, en el Quijote, de la más famosa, profunda
y original de sus manifestaciones". Sino que tengo presente, sobre
todo, el Cervantes poeta quien, "con su habitual modestia y preocupado
por su propia poesía y también por su tendencia al riguroso autoanálisis
de su vida y escritos", llegó a decir de sí mismo:
Yo, que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo.
Versos que, por otro lado, como la crítica ha puesto de manifiesto,
"encubren una ironía bajo su fingida humildad".
Ese Cervantes es el que nuestro galardonado siente en lo más profundo
de su alma, y con el que tiene algunos puntos comunes:
"Porque yo, como Cervantes, creo que la poesía "es como una doncella
tierna y de poca edad, y en todo extremo hermosa, a quien tienen
cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que
son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y
todas se han de autorizar con ella".
Y porque Miguel de Cervantes fue un gran admirador de Garcilaso,
admiración que no se demuestra tan sólo en las huellas que su propia
obra ofrece, sino también en los elogios que del autor de las Églogas
vierte a lo largo de su prosa.
Así, dice Persiles cuando llega a las orillas del Tajo, junto a
Toledo: "No diremos: Aquí dio fin a su cantar Salicio, sino:
Aquí dio principio a su cantar...; aquí sobrepujó en sus églogas
a sí mismo; aquí resonó su zampoña, a cuyo son se detuvieron las
aguas de este río, no se movieron las hojas de los árboles, y parándose
los vientos dieron lugar a que la admiración de su canto fuese de
lengua en lengua y de gente en gentes por todas las de la tierra...".
Podemos decir, pues, que Cervantes fue el primer garcilasista de
nuetra historia literaria y que mi poesía fue una de la que con
más entusiamo, a principios de los años cuarenta, alabó la belleza
y el sentimiento de la obra del poeta toledano.
Cuando en los años inmediatos a la terminación de la nustra guerra
civil española, un grupo de muchachos pusimos en la revista Garcilaso
el resumen de una serie de encuentros donde se recogieron tanto
nuestros primeros poemas como como las primeras consecuencias que
podíamos haber encontrado en nuestro apasionado contacto con la
Poesía, no pensamos nunca ni dictar un programa, ni agrupar en torno
nuestro unos nombres que estrecha y escolásticamente se consideraran
sustentadores de unos principios por nosotros promulgados.
Éramos jóvenes y se había mutilado nuestra formación: se habían
sustituido unos años preciosos de aula y biblioteca por otras experiencias,
trágicamente importantes, dolorosamente aleccionadoras. No eran
tiempos de crítica ni siquiera de reflexión. Pues bien, Garcilaso,
nos parecía algo así como una palanca para alzar con más fuerza,
mejor con toda su fuerza, la continuidad de la poesía española.
Y vimos, eso sí, que el poeta toledano servía de símbolo y referencia
para algunas actitudes que de pronto se nos aparecían vivas y urgentes
como nunca. Nos servían su juventud, su combatividad y su muerte.
No servían su "dulce discurrir", su sencillez, su armonía, su sosiego,
su belleza".
Igual que admiraba a Garcilaso, estimulaba desde la revista de ese
mismo nombre (y desde otras que dirigió posteriormente) a los jóvenes
poetas que iniciaban sus pasos en el difícil y arriesgado camino
de la poesía. Siempre apoyó a los poetas jóvenes porque en ellos
veía la evolución y el futuro de la lírica cuando se escribe libremente
como él mismo hacía. Y así dice:
"La poesía es para mí una forma total de vida y una forma de conocimiento.
Creo en ella, aunque no la encuentre en mí. Sé bien dónde está la
poesía de los demás. Con la poesía a veces creo que soy un elegido
por entender, por explicar el mundo con su esencia. Yo no soy el
de ayer, y la poesía tampoco lo es. Creo que soy un buen lector
de poesía y, acaso no un hacedor de poesía. Eso sí, escribo con
independencia, y soy incapaz de traicionarme o mentirme en un poema".
Si "la experiencia poética es" -como se ha dicho- "avanzar tan lejos
como uno pueda (tan lejos como uno se atreva) hacia la aventura",
la experiencia poética del galardonado ha avanzado valientemente
por un pedregoso camino, asediada por cientos de peligros, resistiendo
miles de seducciones hacia el incierto destino que hoy es su obra.
Se diría que fiel a lo que afirmaba rotundamente Stein sobre que
la poesía es esencialmente el descubrimiento, el amor, la pasión
por el nombre de las cosas, José García Nieto ha desarrollado ese
descubrimiento, ese amor, esa pasión a través de la mirada.
"Soy un mirador. El "Miradero" se llama un paseo de Toledo,
que tiene una larga barandilla que da a un dilatado paisaje con
el Tajo hundido, con el río perdiéndose en el fondo. Yo he apredido
a mirar desde allí. Yo he mirado siempre. Yo tengo muy ejercitada
mi capacidad de observación. Me he acostubrado a mirar el mundo,
a aprendérmelo con los ojos. Mirar es mi oficio, una manera de entendimiento.
He mirado muy despacio, muy de cerca, las piedrecillas de las playas;
los fondos de las fuentes; la estructura de la nieve: el
resplandor de una piel".
Desde esa postura humilde y amorosa José Gracía Nieto ha ido creando
su obra a lo largo de más de cincuenta años de vida de poeta. Siempre
fue exigente y honesto consigo mismo y generoso y desinteresado
con los demás, porque así lo aprendió de sus maestros, que son,
como confiesa: "El primero, claro está. Garcilaso, y San Juán de
la Cruz es el milagro de la palabra. No se puede llegar a más hablando.
Por él se explica que el lenguaje pueda ser más que la pintura,
más que la música. ¿Lo divino? ¿Lo humano? No sé. En él es todo
lo mismo. La distancia más corta, infinitesimal, entre criatura
y espíritu está aquí. Rubén Darío es total, siempre digo que sin
él hubiese sido otra la poesía en español. Juan Ramón es la poesía,
así, sin más. En él está la poesía. La delgadez de su palabra es
infinita y de imposible remedo. Antonio Machado es un amigo mayor,
un conductor de sensibilidades. Después de leerlo, indudablemente,
nos sentimos mejores".
Y otros muchos autores antiguos y modernos.
Estos juicios vertidos por José García Nieto dan una clara idea
de breviario lírico en el que junto a la palabra Poesía figuran,
también con mayúsculas, las palabras Verdad, Emoción y Belleza.
"La palabra del poeta -dice José García Nieto- es un instrumento
valiosísimo en cuanto es portadora de paz, y de armonía, de fe y
de entendimiento para todos los hombres de "todos los tiempos" -que
en definitiva son los mismos- y nunca debe utilizarse como arma
de segundos intereses. Lo peor que puede ocurrirle a un poeta es
que confundan su misión de enriquecer la Humanidad desde lo más
puro de sus sentimientos, con la de alimentar de manera excluyente
las sensibilidades de determinados hombres. El político y el sociólogo
saben bien que caminan hacia metas si no fijas, sí susceptibles
de programación, pero el poeta sabe que no hay meta posible. Dejemos
a los poetas, no en su "torre de marfil", sino en su "cárcel de
amor", en su "soledad sonora" -que dijo San Juan de la Cruz-, donde
la orilla de la esperanza ilumina y aclara a los demás. No los obliguemos
en su canto ni condicionemos su mensaje:
Hasta que llegue. ¿Quién? El poema, ¿Por dónde?
¿De qué lugar? ¿Sirviendo a qué gota de amor?
Y, así, libre en su canto, sin condicionamientos, nuestro poeta
fue poniendo en verso día a día todo lo que guardaba en el alma.
Comenzó con una Víspera hacia tí donde el pronombre personal del
título debe leerse como un "nosotros" solidario porque, desde entonces,
a todos han estado dirigidas las meditaciones líricas que encierra
su obra. Meditaciones, principalmente, sobre tres pilares esenciales
en toda poesía: Amor, Dios y paisaje patrio.
"Soy un hombre amoroso. Creo que el amor mueve el mundo. Y todos
deberíamos respetar más el amor, cualquier amor, en todos los demás:
Arrojado a la luz madrugadora,
me muero niño y soy todo un deseo
de varón en continuo jubileo
hacia tu corazón de ruiseñora.
También soy un ente religioso. "Dios está aquí..." es el principio
de un canto religioso. Yo cantaría "Dios está ahí...". Es una cuestión
de distancia. He tenido una fe sencilla y oracional, que va cambiando
con el tiempo. Pero esto, Él lo sabe. Y espero que a mi debilitación
se asome su misericordia, que creo infinita, porque es hermoso que
lo crea. El poeta ha visto cerca como nunca la condición de finalidad
de las cosas, ha buscado también como nunca en ellas su vestigio
de inmortalidad, ha buscado en ellas, en él mismo y en su palabra
la huella primera de la divinidad. Antes de todo era la esencia
y en ella se derramó sobre todo, y en todo está todavía para el
que sepa descubrirla. Si, Dios estaba como estuvo siempre en las
cosas:
Gracias, Señor. porque estás
todavía en mi palabra;
porque debajo de todos mis puentes
pasan tus aguas.
Conozco España palmo a palmo. He preferido la montaña porque es
más silenciosa que el mar; el paisaje de la tierra es más asequible
y puedes adueñarte de él. El mar me ha podido siempre. Soy vecino
del mar. Un entrañado en la tierra. Los ríos, ¡ah, los ríos!. Esos
arroyos pequeños. "Corrientes de aguas puras, cristalinas...":
Esto que tienes ante ti,
hijo mio, es España.
No podría decirte -yo no puedo,
al menos, con palabras-
cómo es su cuerpo duro, cómo es su cara trágica,
cómo su azul cintura, extensamente
humedecida y agitada.
Yo sé, Majestades, que he cantado muchas veces sin estar en verdadera
situación de pureza. He escrito por amor, he escrito por fastidio;
lo he hecho hasta por pequeños compromisos. He tenido tal holgura
y he puesto tanta libertad sobre mi obra que no he temido ni a perderme
un poco en ella.
Creo que la misión de la poesía -al menos de mi poesía- no es tanto
"despertar conciencia" de una manera inmediata y polémica, como
despertar sensibilidad. No creo que sea misión de los poetas abrir
los caminos del odio sino del amor.
Estas son las hermosas palabras del nuevo Premio Cervantes, José
García Nieto.
Alcalá de Henares 23 de abril de 1997
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