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Discurso
de CAMILO JOSÉ CELA Señor. Señora. Dignísimas autoridades.
Señores académicos. Señoras y señores.

©Archivo gráfico "El País" Camilo
José Cela. | Merece la pena esperar los años que Dios disponga
para recibir este premio de la mano de Vuestra Majestad. Nunca se llega tarde
a ningún sitio, jamás se nace ni se muere cinco minutos antes, y todos los puertos
son seguros tan pronto como se rinde en ellos la más azarosa y difícil singladura.
El tiempo lima las asperezas de la conciencia y amansa la voz del hombre si se
acierta a ponerla a remojo en el benevolente rocío de la paciencia; aliado con
el tiempo, al decir de Shakespeare, al miserable no le queda más medicina que
la esperanza: ni siquiera la caridad ni el azar aunque quizá sí el amor y la fe,
esas dos palancas que sólo los más clementes dioses enseñan a manejar a los elegidos.
Hay que dar tiempo al tiempo para que pueda granar con opimo provecho y no se
debe ensayar a acelerarlo puesto que jamás abdica de su ritmo previsto y cadencioso
o vertiginoso, según se mire. El mundo es tal cual se nos presenta y para San
Agustín, el mundo de nuestros afanes y nuestras impaciencias, el mundo en que
vivimos, se hizo no en el tiempo sino al mismo tiempo que el tiempo, ya que el
tiempo no existía antes del mundo. En mi espera, eso tan parecido al
vicioso naipe solitario, jamás perdí la esperanza, aunque a veces la vi tan huidiza
como una liebre en campo abierto y, en los instantes de mayor desconcierto e impaciencia,
en las pausas que alimentaban de aire la desesperanza e incluso el estupor, siempre
busqué cobijo a la sombra de Tirso de Molina y de Antonio Machado, aquellos dos
hábiles prestidigitadores de la palabra cuando, prestando oídos al saber popular,
decían que el que espera, desespera: ¡qué verdad tan verdadera! La verdad es lo
que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés. Dentro de pocos
días, Deo volente, voy a cumplir ochenta años; el novelista Gutiérrez Gamero,
de las Reales Academias Española y de Jurisprudencia y Legislación, hubiera dicho
"mis primeros ochenta años". Pues bien: a los ochenta años y caminando ya, en
consecuencia, por el último recodo del sendero de la vida, se hacen sinceras las
humildades, honestos los propósitos y circunstanciadas y serenas hasta las vanidades.
Este oficio que ejerzo y en el que todavía no me corté la coleta, me dio
todo lo que le pedí y más, sin duda alguna, de lo que hubiera merecido. Cuando
me concedieron el premio Nobel pensé que cuatro o cinco escritores españoles de
mi generación lo hubieran podido recibir al mismo tiempo y aun antes y con mayor
mérito y dignidad que yo, y ahora que recibo el Cervantes no puedo desechar de
mi mente la idea de que lo consigo amparado por la fortuna y ayudado por la siempre
generosa casualidad. Dos alemanes acuden a sacarme de dudas: Schiller, que supone
que sólo cuando está maduro cae el fruto de la suerte, y Schopenhauer, que piensa
que la suerte echa las cartas pero nosotros las jugamos. Al primero le expreso
mi gratitud por advertirme que mi obra no maduró hasta hoy, supuesto que ni pongo
en cuarentena, y al segundo le digo que sé de sobras que en la timba de la vida
me tocaron muy buenas cartas: la verdad es que casi no tuve ni que jugarlas.
Es mi voluntad de hoy, también mi deber, el hablar, por tanto, con palabra
mesurada para decir lo que quisiera decir, porque aprendí de Aristóteles que el
habla es la representación de la mente y la escritura lo es del habla, y mi mente
es hoy sosegada, mi palabra aspira a ser clara y mi discurso, lo que antes fue
mi escritura, pretende enseñarse diáfano y sincero; sé de sobras que, tal como
pensaba Gracián que decía Fernando el Católico, es la espera fruta de grandes
corazones y muy fecunda de aciertos, ya que en los hombres de pequeño corazón
ni caben el tiempo ni el secreto. Quizá nuestra mejor prudencia sea la de hablar,
con muy discreta razón, con la palabra de Cervantes, el hombre a quien zurró el
destino y derrotó la envidia, el árbol frondoso a cuya sombra nos acogemos respetuosa
y devotamente. Hablé poco antes del largo trecho que hube de recorrer
hasta llegar a este gozoso momento de hoy; Cervantes, en Persiles y Sigismunda,
me trajo el consuelo al decirme que no hay ningún camino que no se acabe, como
no se le oponga la pereza y la ociosidad. Aunque la sabiduría no es pegadiza -recuérdese
que todo se contagia menos la hermosura-, sí es, al menos, manantial de consuelo
y esperanza y próvida fuente de abiertos y bien dibujados horizontes; cuando yo
era pequeño oí decir -y creí a pie juntillo- que la mejor medicina contra la pereza
era la diligencia, y ahora veo cuán cierto era lo que tuve la bienaventuranza
de aprender a su debido tiempo. En este trance para mí tan vitalizador
y solemne, quisiera alabar la palabra y confesar mi amor por la palabra; para
ello empiezo por declarar mi buen deseo de ahorrar palabras para decir lo que
pienso, recordando que Cervantes, también en el Persiles, nos advierte
que no hay razonamiento que, aunque sea bueno, siendo largo lo parezca y en el
Quijote nos avisa de lo mismo cuando pide brevedad en los razonamientos,
ya que ninguno es gustoso si es largo; en la misma obra alerta contra el énfasis
al pedir llaneza, puesto que toda afectación es mala. Amo la palabra
ya que en ella habita la idea y reside el primer huevecillo de la literatura,
ese raro y punto menos que misterioso planeta cuya consideración hoy nos convoca
aquí, en esta mañana de primavera. Goethe temía a las palabras, en plural -en
el Fausto dice que cuando faltan ideas siempre hay palabras para substituirlas-,
pero yo hablo ahora de otra cosa, yo discurro ahora sobre la palabra en singular
esencia. Amo siempre la palabra como a veces se ama a una mujer, con
frenesí, pasión e inconveniencia, y este desmelenado amor me envara el sentimiento
porque, otra vez el Quijote, donde hay mucho amor no suele haber demasiada
desenvoltura. Y puesto que amo la palabra también alabo, oso y me arriesgo a alabarla,
aun corriendo el riesgo de darme de hoz y coz con el envés de mi propósito puesto
que, de nuevo el Persiles, la alabanza tanto es buena cuanto es bueno el
que la dice, y tanto es mala cuanto es vicioso y malo el que alaba. Confiemos
una vez más en la suerte. En El laberinto de amor Cervantes canta
en verso de romance: Es el amor, cuando es bueno, deseo de lo mejor;
si esto falta, no es amor, sino apetito sin freno. Y aquí se me presentan
primero la duda y después el estupor porque, ¿amo yo así a la palabra y a su bosque
umbrío, la literatura? ¿Les deseo lo mejor y no lo más duradero y bello y eficaz?
¿Estaré confundiendo el amor con el desenfreno? ¿Estaré tomando el rábano, por
las hojas y los celos por los temores? ¿No será Cervantes el equivocado al querer
ponerle puertas al campo del amor? Tampoco es ese el camino por el que haya de
seguir porque las apologías, como los ditirambos y los arrebatos nadan por diferentes
cauces que el sentimiento o el pensamiento en llamas. Señor, Señora.
Ya estoy llegando al fin, ya no me queda sino desollar el rabo de mi discurso
y os pido un poco de paciencia para escuchar mi última razón ya que, como el solitario
Amiel, no podría contentarme con tener razón yo solo. Hace ya algunos años y con
motivo de recibir el premio Príncipe de Asturias, tuve ocasión de decir en público
y ante un ilustre senado presidido por S.A. el Príncipe Don Felipe que en España,
el que resiste, gana. Lo dije en la noble ciudad de Oviedo y lo repito hoy, ante
Vuestras Majestades y también el instruido y selecto cónclave que nos arropa y
en la noble ciudad de Alcalá de Henares, a .medio camino entre la capital de España
y el paraíso. Sí me permitiría aclarar con mi voz más desnuda y sincera,
sí quisiera pregonar con mi acento más cierto y verdadero, que esta victoria de
hoy no es mía sino de la palabra dicha en español y a esta o a la otra orilla
de la mar, que acierta a comparecer ante Vuestras Majestades en cada aniversario
de Miguel de Cervantes y resistiendo siempre todas las tarascadas. Yo no soy más
que el cambiable excipiente de la medicina de la literatura (úsese y tírese).
Cervantes dice, en las misteriosas y enriquecedoras páginas del Persiles,
que el arrepentimiento es la mejor medicina que tienen las enfermedades del alma.
No puedo arrepentirme de haber visto pasar la vida entera con la pluma en la mano,
yo ya no puedo dar marcha atrás por haberme pasado la vida escribiendo, tampoco
quiero ni debo hacerlo y proclamo mi lealtad a mi oficio. Me reconforta pensar
que la palabra tiene su mejor premio en sí misma, y doy gracias a Dios, también
a los hombres, por no haberme querido mudo ni muerto. |