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Discurso de FRANCISCO AYALA
Majestades; señores míos:

©Archivo gráfico "El
País"
Francisco Ayala. |
Por una coincidencia que no sabría cómo calificar, el mismo día
en que se me otorgaba este galardón tan preciado y honroso que hoy
recibo, me encontraba postrado a las puertas de la muerte. En versiones
varias, corre por el mundo una leyenda folklórica según la cual,
un moribundo obtiene por gracia especialísima un aplazamiento en
el último trance, para que entre tanto pueda llevar a cabo aquello
que su imprevisión le había hecho descuidar. Con implícita ironía,
pretende la leyenda que casi siempre, al cumplirse el término prescrito,
y una vez agotado ya el plazo, la tarea siga inconclusa, de modo
que todo haya sido en vano. En mi caso, si en tal caso me pongo,
una al menos de mis obligaciones pendientes queda solventada en
este acto de hoy: la de hallarme aquí presente para recibir de tan
suprema instancia el premio que tanto agradezco, y explicar de paso
alguna de las particularísimas razones por la que debo estimarlo
en el más alto grado.
Aunque, si bien se considera, tal explicación resulta innecesaria.
¿Cómo hubiera podido ser de otra manera? Para empezar, la advocación
de Cervantes tenía que tener una resonancia de intensa simpatía
en quien, como yo, ha dedicado muchas horas de su larga vida, y
llenado muchas páginas, en continua aplicación al estudio de su
obra; y, sobre todo, para un autor de ficciones literarias que,
no menos que cualquier escritor de invenciones tales, ha debido
moverse dentro del ámbito espiritual y trabajar mediante los recursos
técnicos que, para universal magisterio, estableciera el autor del
Quijote.
Esto, como digo, por cuanto significa para mí el premio que invoca
su nombre. Pero es que éste -el premio mismo tal cual se encuentra
instituido- presenta además rasgos peculiares que a juicio mío le
prestan un carácter de especial relieve. He afirmado a veces, en
conformidad con otros colegas, que la patria del escritor es su
idioma. Pues bien, el Premio Miguel de Cervantes está dedicado a
destacar los méritos de quienes cultivan las letras en lengua castellana,
cualquiera sea la ciudadanía civil de cada uno. Queda reconocida
y sustantivada así la comunidad cultural cuya base sólida es el
idioma, sobreponiéndose a los muchos equívocos ocasionados por la
historia política del pasado siglo, cuando la ideología nacionalista,
instrumento intelectual de que en su día se sirvieron los movimientos
americanos de independencia, llevó a involucrar la creación poética
con los sentimientos e intereses del patriotismo local. Pero los
azares de la política, por mucho que apremien y condicionen y apasionen,
no llegan sin embargo a erosionar seriamente el suelo firme de una
comunidad idiomática.
Por lo demás -y éste es otro acierto complementario-, la administración
del Premio ha sabido hacerse cargo sin embargo de lo arraigadas
que todavía siguen estando confusiones tales de lo literario con
lo político, y ha establecido sutilmente en consecuencia una especie
de turno informal entre escritores nacidos a una u otra orilla del
Atlántico, entre escritores españoles y escritores hispanoamericanos.
Sería inoportuno, y por lo demás ocioso, discurrir ahora acerca
del alcance y de la cuestionable validez de diferenciaciones tales,
pero sí parece loable desde luego la discreción de haberlas tenido
en cuenta.
Por cuanto a mí personalmente concierne, podría preguntarme, si
hubieran de darse por válidas esas categorías, a cuál de ellas debo
pertenecer yo -cuestión que en términos diversos cabría plantear
también alrededor de otras biografías de literatos, y cuya más adecuada
respuesta quizá fuese ésta: que propiamente y de lleno, quizá no
pertenezco a ninguna; pues es lo cierto que en alguna manera se
encuentra uno emplazado en tierra de nadie. Nacido en Andalucía,
tomé parte desde Madrid, durante la época juvenil de mi vida en
los movimientos literarios de vanguardia, que se desenvolvían en
estrecha correspondencia con los simultáneos de Barcelona, Buenos
Aires, México y La Habana. Luego, las consecuencias de nuestra guerra
civil, en la que actué como ciudadano (pero no por cierto como escritor)
al lado de la República, me llevarían a reanudar mi producción literaria
en varios países de América; hasta que por fin, veinte años más
tarde, me fue dado reintegrarme (en puridad, casí reintegrarme)
a España, el curso de cuya literatura había sido entre tanto -también
a consecuencia de la guerra misma- un curso anómalo por relación
al del resto de las letras castellanas. Así, una parte considerable
de mi obra fue desconocida, o tardíamente reconocida, en este mi
país natal, sin que aquellos críticos e historiadores que se ocupan
de catalogar, ordenar y categorizar el cuerpo de la producción literaria
sepan bien dónde colocar la de un escritor exiliado, cuyo nombre
por lo pronto se encontraba inserto ya en los cuadros de la vanguardia
española, y que por otro lado, a partir de su regreso en los años
sesenta, había vuelto a hacer acto de presencia cada vez más intensa
en el ambiente intelectual madrileño, pero que durante la fase intermedia
(un lapso de nada menos que un cuarto de siglo) debió actuar bajo
la condición ambigua de "escritor español en América", tenido allí
por propio y por ajeno a un tiempo mismo... Como bien se advierte,
el intento y la práctica de encuadrar la literatura de lengua española
dentro de marcos nacionales no está libre de perturbadoras dificultades.
Por eso me parece muy laudable el hecho de que el Estado español
mantenga, como mantiene, premios para galardonar obras literarias
de sus ciudadanos escritas en cualquiera de los idiomas reconocidos
como oficiales dentro del ámbito peninsular, pero que al mismo tiempo
haya instituido también, bajo la advocación de Cervantes, este Premio
singular que contempla el panorama entero de las letras castellanas,
cualquiera sea la ciudadanía del escritor, un premio extendido,
pues, a la gran patria espiritual que tantos pueblos comparten.
El que este hermoso y preciadísimo galardón me sea entregado en
el presente año, cuando se está celebrando el Quinto Centenario
del Descubrimiento de América, es circunstancia que añade a mis
conmovidos sentimientos, junto al de una profunda gratitud por verme
así tan honrado en mi país natal, también otro sentimiento que reafirma
mi afinidad profunda con aquel mundo nuevo, con ese continente del
que era nativa la madre de mi hija y donde había de nacer nuestra
nieta; con la América fabulosa adonde Miguel de Cervantes intentó
ir sin que su deseo pudiera verse cumplido.
Comencé refiriéndome a lo mucho que como escritor debo a Cervantes.
Ya en la infancia, cuando apenas podía entender el significado de
muchas de sus palabras, leí el Quijote y para escándalo de
quienes pudieran oírme incorporé a mi vocabulario algunas de esas
palabras, entonces malsonantes, cuyo significado ignoraba; más tarde,
escritor novicio ya, los críticos lectores de mi primera novela
pudieron señalar en ella algo que era bastante obvio: los ecos inconfundibles
del Quijote; y por fin, ahora, escritor valetudinario, he
dedicado mi última prosa, todavía inédita, a comentar y en alguna
manera recrear cierto maravilloso pasaje del Quijote, el
del encuentro de su protagonista con un caballero granadino. Todavía,
en la presente ocasión, cuando debo recibir y agradecer el premio
Cervantes, quisiera remitirme una vez más con breves palabras a
otro pasaje del Libro fundamental. Es uno de esos episodios donde
con arte único se mezclan en increíble mixtura el patetismo y la
comicidad. Me refiero al capítulo que relata cómo las personas afectas
a don Quijote han decidido, entre su primera y su segunda salida,
expurgar piadosamente la biblioteca del hidalgo para quemar los
malditos libros de caballerías. Después de haberlo hecho, tapiarán
la pieza donde se guardaban, "porque cuando se levantase no los
hallase"; y en efecto, "de allí a dos días levantóse don Quijote,
y lo primero que hizo fue ir a ver sus libros: y como no hallaba
el aposento donde le había dejado, andaba de una en otra parte buscándole.
Llegaba a donde solía tener la puerta, y tentábala con las manos,
y volvía y revolvía los ojos por todo, sin decir palabra ... ".Mucho
se ha especulado alrededor del significado que en la secreta intención
del autor pudiera encerrar el famoso escrutinio y quema de los libros.
Sin necesidad de entrar en la cuestión, y dejándola aparte para
atenerme a la mera y directa lectura del episodio, me parece a mí
que esa búsqueda silenciosa de la condenada puerta es más penosa
que todos los descalabros sufridos por el caballero en sus aventuras;
que esa bien intencionada acción de quienes bien lo quieren, al
prohibirle el acceso al lugar de la lectura, resulta más cruel que
cuantos escarnios le fueron infligidos, pues cierra el paso al campo
de la libre imaginación, al que se supone no pueden ponérsela puertas.
La imagen de don Quijote tentando en vano el ciego muro que veda
la entrada al paraíso de su fantasía me ha resultado, siempre que
he vuelto a ella, patética en el más alto grado.
Ese pasaje del Quijote hace pensar desde luego en las condenaciones,
trabas y vetos que tradicionalmente han solido imponer quienes se
consideran autorizados para proteger al prójimo de los supuestos
peligros de la lectura; pero hoy, cuando dichas restricciones pueden
darse por desaparecidas en la sociedad actual, otros nuevos obstáculos,
y de eficacia tanto mayor al no ser de índole coactiva, nos amenazan.
Aludo, claro está, al progreso pujante e irresistible de los medios
de comunicación audiovisual, cuyos servicios han sustituido, tanto
para la información como para la recreación de las grandes masas,
al recurso de la palabra escrita. Por su causa, las gentes abandonan
la práctica de la lectura, y pierden la costumbre de sentarse con
un libro en la mano para ejercitar la mente y cultivar la imaginación
interpretando su contenido. Y así, el centro de la autoridad idiomática
se desplaza desde la letra impresa hacia posiciones desde donde
se difunde una oralidad desaliñada, regida por criterios de urgencia.
Creo oportuno, cuando nos hallamos reunidos para honrar la memoria
de Cervantes, insistir sobre las indispensables virtudes del ejercicio
literario, que no consiste tan sólo en escribir, sino también, por
supuesto, en leer. La solemnidad de este acto, presidido por los
reyes de España, en el que cada año se selecciona a un cultivador
de las letras castellanas para distinguirlo de manera particular,
constituye una reiterada afirmación del valor de la literatura misma,
y sin duda contribuye de manera muy resuelta a darle el prestigio
social que tanto necesita cuando diversos rasgos de la realidad
contemporánea muestran una tendencia a descuidar su estudio y a
desestimar su importancia. Este año ha sido a mí a quien le ha tocado
agradecer en nombre de todos esto que considero un servicio inestimable
a la cultura general.
Muchas gracias, pues, Majestades; muchas gracias, señores y amigos.
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