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Discurso de ADOLFO BIOY CASARES

©Archivo gráfico "El
País"
Adolfo Bioy Casares. |
Antes de leer el Quijote, en dos ocasiones tomé la pluma
para escribir literariamente. En la primera lo hice para llamar
la atención de una muchacha; en la segunda para imitar a Conan Doyle
y a Gaston Leroux. Debo aclarar que en aquella época mis ambiciones
no eran literarias. Lo que yo realmente quería era correr cien metros
en nueve segundos y ser campeón de box y de tenis.
Cuando leí el inolvidable comienzo y todo aquel primer capítulo
que nos refiere cómo era Don Quijote, dónde y con quiénes vivía,
sentí una emoción muy fuerte. Había en ella un dejo de ansiedad,
porque Don Quijote abandonaría esa vida apacible, para salir en
busca de aventuras, y una fascinación que probablemente el despreocupado
tono del relato exacerbaba.
Si mal no recuerdo, antes de concluir el primer capítulo supe que
yo quería ser escritor. Sin duda lo quise para contar, en tono despreocupado,
historias de héroes que dejan la seguridad de su casa o de su patria
y el afecto de su gente, para aventurarse por mundos desconocidos.
No tardé ciertamente en emprender la composición de una larguísima
novela, en cuyas páginas iniciales un joven español llegaba a Buenos
Aires para hacer la América.
Nuestro futuro es inexcrutable y los caminos de la vida trazan extraños
dibujos. Quién me hubiera dicho que al cabo de 60 años felices,
ocupados en contar historias, yo recibiría el premio que lleva el
nombre del querido escritor que me inició en las letras.
Tengo por afortunada casualidad la circunstancia de que mi primera
ambición literaria no haya sido de gloria, sino de suscitar algún
día en los lectores una fascinación como la que despertó en mí una
novela. Quien aspira a la gloria, piensa en sí mismo y ve a su libro
como un instrumento para triunfar. Sospecho que para escribir bien,
debemos pensar en el libro, no en nosotros.
Poco tiempo después, en una antología escolar, encontré las coplas
de Jorge Manrique A la muerte de su padre. Con emoción jubilosa
admiré el fluir de los versos y escuché la tranquila enunciación
de las inexorables verdades de nuestro destino. Diríase que la conjunción
de limpidez poética y de veracidad profunda no dejaron lugar para
que la tristeza del tema me acongojara. Vi en el poema cuanto parecía
confirmar mi convicción de que la vida es para una sola vez y que
por ello debemos estar atentos mientras la recorremos. Reparé asimismo
en los versos que podían servirme de talismanes contra la vanidad.
Desde luego, los de la primera estrofa, pero también:
¿Qué se fizo el rey don Juan?
Los infantes de Aragón
¿Qué se fízieron?
¿Qué fue de tanto galán,
qué fue de tanta invención,
como trujeron?
En aquellos días, mi plan de trabajo consistía en leer todos los
libros y escribir otros tantos. Como la novela en preparación postergaba
las historias que se me ocurrían, la hice a un lado y, con alivio,
me puse a escribir un libro de relatos que no gustó a nadie. Borges
atribuyó mis errores al apresuramiento; no me dejé engañar por su
generosa hipótesis: comprendí que los errores provenían de la inmadurez
de mi criterio. Para mejorarlo estudié manuales de técnica literaria
y, cuando descubrí Agudeza y arte de ingenio de Gracián,
proyecté un libro similar.
Muy pronto hubo un cambio de planes. Yo publicaría un arte de escribir,
a imitación de uno "en veinte lecciones" de Valbuena, que me prestó
mi tío Miguel Casares. Estaba seguro de que en el análisis de los
errores cometidos en mi libro de relatos, encontraría leyes valiosas.
Debió de parecerme que nada mejor podía hacer con mi experiencia
de fracaso como escritor, que emplearla para la composición de un
arte de escribir. No me pregunté qué opinarían los lectores.
En una tarde muy lejana, mi padre me habló de fray Luis de León;
se refirió, conmovido, a las famosas palabras "como decíamos ayer"
y recordó estrofas de Vida retirada.
No creo haber olvidado esos versos. Fray Luis no proponía tópicos
retóricos; decía las verdades que yo quería oír. Mostraba cuán insustanciales
son los triunfos de la vanidad y recomendaba la vida retirada. A
ésta la interpreté, primero, como una isla remota y solitaria, a
la que nunca llegué, salvo en mis novelas; después, como la casa
de campo donde viví durante cinco años; por último, como la vida
privada, que llevo mientras puedo.
De los poemas de fray Luis pasé a sus hermosas traducciones de Horacio.
Una lectura lleva a otra: la suerte me deparó Horacio en España,
el encantador libro de Marcelino Menéndez y Pelayo. En sus páginas
se cotejan traducciones de Horacio por numerosos escritores españoles,
portugueses y latinoamericanos, de diversas épocas. Este cotejo,
en el que participé como lector, me pareció un utilísimo ejercicio
literario. Las traducciones de los Argensola me agradaron particularmente,
pero la mayor revelación para mí fue la espléndida Epístola a
Horacio de Menéndez y Pelayo. Asombra cómo, para la fama, un
mérito oculta a otro. Porque se admira en Menéndez y Pelayo al erudito,
se le olvida como poeta. Carta a unos amigos de Santander para
agradecerles el regalo de una biblioteca es otro poema suyo
que siempre releo.
De este modo, con aciertos de lector y con errores de escritor,
fui internándome en el ancho mar de la literatura o, para saludar
una vez más a don Marcelino, en El ancho mar de Píndaro y de
Safo.
Doy las gracias a sus majestades los Reyes, que honran con su presencia
este acto; a quienes me confirieron el premio y a quienes ahora
me acompañan tan amistosamente; a los colegas y a los periodistas
de España, de nuestra América y de mi país que, al enterarse de
la decisión del jurado, escribieron sobre mí y sobre mis libros,
con una generosidad que nunca olvidaré; a los amigos que me hicieron
sentir que se alegraban aún más que yo; a mucha gente que por las
calles de Madrid y, después, por las calles de Buenos Aires, me
detuvo para felicitarme. Quiero también expresar mi gratitud a un
escritor que no está aquí, pero que está presente: Cervantes, a
quien le debo la literatura, que dio sentido a mi vida.
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