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Discurso de AUGUSTO ROA BASTOS

©Archivo gráfico "El
País"
Augusto Roa Bastos. |
El Premio Cervantes es el más alto honor que se ha concedido a
mi obra. Tres razones principales le dan un realce extraordinario
ante mi espíritu. La primera es el hecho mismo de recibirlo de manos
de su majestad don Juan Carlos I, rey de España, que nuestros pueblos
admiran y respetan por sus virtudes de gobernante, por su infatigable
tarea en favor de la amistad y unidad de nuestros pueblos de habla
hispánica.
Junto al rey Juan Carlos, en preeminente sitial, su majestad la
reina doña Sofía, que ama las artes, las letras y las ciencias,
que religa su devoción hacia las obras del espíritu con su preocupación
por el bien social; la Serenissima Reyna -para invocarla
con palabras de Cervantes- enaltece este acto con el honor de su
presencia.
Me inclino, pues, ante sus majestades, con el homenaje de mi reconocimiento
y gratitud. En este homenaje va implícito el de mi pueblo paraguayo,
lejano y presente a la vez en este acto con su latido multitudinario;
aquí, en esta ciudad, en esta Universidad, ilustres, de Alcalá de
Henares, patria chica de Cervantes, solio de su imperecedera presencia
y foco de su irradiación universal.
Por otra parte, esta toga que visto es también un símbolo; corresponde
al doctorado honoris causa en Letras Humanas por la Universidad
de Toulouse-Le Mirail -que me ha sido concedido en significativa
coincidencia el mismo día del otorgamiento del Premio Cervantes-.
Ello me permite, por tanto, reunir simbólicamente a tres países
muy caros a mi afecto, España, Francia y Paraguay, lo que imparte
una significación internacional e interuniversitaria a este acto.
La segunda afortunada circunstancia que realza para mí el otorgamiento
del máximo galardón es su coincidencia, también augural, con un
cambio histórico, político y social de suma trascendencia para el
futuro de Paraguay: el derrocamiento, en febrero del pasado año,
de la más larga y oprobiosa dictadura que registra la cronología
de los regímenes de fuerza en suelo suramericano.
Este acontecimiento es singularmente significativo para la vida
paraguaya en lo político, social y cultural, y marca la apertura
de un camino hacia la instauración de la libertad y de la democracia
bajo la construcción de un genuino Estado de derecho, como garantía
de su legitimidad.
Señala este hecho, en consecuencia, el comienzo de la restauración
moral y material de mi país en un sistema de pacífica convivencia;
la entrada de Paraguay en el concierto de naciones democráticas
del continente. Significa, asimismo, el fin del exilio para el millón
de ciudadanos de la diáspora paraguaya, que ahora pueden volver
a la tierra natal, derrumbado el muro del poder totalitario que
hizo de Paraguay un país sitiado.
La concesión del Premio Cervantes, en la iniciación de esta nueva
época para mi patria oprimida durante tanto tiempo, es para mí un
hecho tan significativo que no puedo atribuirlo a la superstición
de una mera casualidad. Pienso que es el resultado -en todo caso
es el símbolo- de una conjunción de esas fuerzas imponderables,
en cierto modo videntes, que operan en el contexto de una familia
de naciones con la función de sobrepasar los hechos anormales y
restablecer su equilibrio, en la solidaridad y en el mutuo respeto
de sus similitudes y diferencias.
Mucha falta les hace este equilibrio a las colectividades de nuestra
América, frágiles y desestructuradas por su dependencia y sometimiento
a los centros mundiales de decisión, causa central de sus problemas
internos, de su inmovilismo, de su atraso, de su desaliento.
La España democrática trabaja lealmente, fraternalmente, contribuyendo
de una manera considerable a la restitución de este equilibrio en
la coexistencia y coparticipación de nuestros países de ambos lados
del Atlántico en un mecanismo, desde luego perfectible, de integración
sistemática y progresiva en todos los planos. El sistema de cooperación
con América que España ha iniciado hace ya muchos años es un ejemplo
activo de ello.
El Premio Cervantes, que España comparte con América, es otro ejemplo
de lo mismo. Y todo esto se verifica con notorio y creciente éxito
en el plano económico, social y cultural bajo esas leyes de interrelación
y comunicación que surgen del patrimonio histórico común y nos comprometen
a la realización de las grandes empresas comunitarias que nos aguardan
en el umbral del nuevo siglo ante las vertiginosas transformaciones
del mundo contemporáneo.
Entre lo utópico y lo posible, éste es un reto de la historia. O
lo que es lo mismo, un desafío del porvenir. Y es necesario recoger
y cumplir este desafío con serenidad, con perseverancia inflexible,
pero también con la plasticidad de una inteligente adecuación a
las cambiantes circunstancias de la historia, y en el orden de las
prioridades necesarias: en primer lugar, la coherente integración
y unidad de las naciones latinoamericanas -que es hoy el debate
central de nuestra causa-; luego, en un proceso de construcción
de largo alcance, la integración iberoamericana y peninsular en
una comunidad orgánica de naciones libres, llamada a ser el factor
preponderante de equilibrio y de paz para nuestros países en el
futuro.
El tercer motivo enlaza para mí la satisfacción espiritual con un
cierto escrúpulo moral -acaso un prejuicio-, fundado en la desproporción
que siento que existe entre el valor intrínseco del premio y la
conciencia de mis limitaciones como autor de obras literarias. Me
alienta, no obstante, el estar persuadido de que se ha querido premiar
a la cultura de un país en una obra que la representa, y en ella
acaso a la particularidad -que me lisonjea- de haber sido troquelada
en el molde de la obra maestra cervantina.
Desde esta persuasión veo el Premio Cervantes como un doble galardón
a mi obra y a la cultura de mi patria. Y como tal lo celebro en
tanto paraguayo de origen y en cuanto español por adopción, ciudadano
de nuestras patrias, hijo y defensor de su unidad en la vida cotidiana
y en el tiempo de la historia.
La proclamación del premio otorgado por unanimidad dio las razones
de su elección. Ante tal situación, los señores del jurado comprenderán
sin esfuerzo la sinceridad de mi reconocimiento y gratitud por su
decisión que quiero hacer públicos en esta señalada ocasión.
No por ello me siento con derecho alguno a la confusión de la vanidad,
salvo al íntimo orgullo de sentir que el Premio Cervantes -el más
señero galardón en el mundo de nuestras letras castellanas- viene
a coronar una larga batalla de extramuros en la que llevo empeñada
mi vida y a la que he dedicado mi exilio de más de cuarenta años
llegado, por ahora, felizmente, a su término. En este largo exilio
hice toda mi obra.
La concesión del premio me confirmó la certeza de que también la
literatura es capaz de ganar batallas contra la adversidad sin más
armas que la letra y el espíritu, sin más poder que la imaginación
y el lenguaje. No es entonces la literatura -me dije con un definitivo
deslumbramiento- un mero y solitario pasatiempo para los que escriben
y para los que leen, separados y a la vez unidos por un libro, sino
también un modo de influir en la realidad y de transformarla con
las fábulas de la imaginación que en la realidad se inspiran. Es
la primera gran lección de las obras de Cervantes.
Y es esta batalla el más alto homenaje que me es dado ofrendar al
pueblo y a la cultura de mi país que han sabido resistir con denodada
obstinación, dentro de las murallas del miedo, del silencio, del
olvido, del aislamiento total, las vicisitudes del infortunio y
que, en su lucha por la libertad, han logrado vencer a las fuerzas
inhumanas del despotismo que los oprimía.
Hace un momento hablaba de un hecho que me enorgullece: el haber
plasmado mi novela Yo el Supremo en el modelo del Quijote
con esa apasionada fidelidad que puede llevar a un autor a inspirarse
en las claves internas y en el sentido profundo de las obras mayores
que nos influyen y fascinan.
El núcleo generador de mi novela, en relación con el Quijote,
fue la de imaginar un doble del Caballero de la Triste Figura cervantino
y metamorfosearlo en el Caballero Andante de lo Absoluto; es decir,
un Caballero de la Triste Figura que creyese, alucinadamente, en
la escritura del poder y en el poder de la escritura, y que tratara
de realizar este mito de lo absoluto en la realidad de la ínsula
Barataria que él acababa de inventar; en la simbiosis de la realidad
real con la realidad simbólica, de la tradición oral y de la palabra
escrita.
Imaginé que este vicediós del Poder hubiese leído la sentencia que
se lee en el Persiles: "No desees, y serás el más rico hombre
del mundo". Cervantes lo deseó todo y fue el hombre más pobre del
mundo, al menos en lo material, pero volvió ricos a los hombres
de todos los tiempos con su obra imperecedera.
El Supremo Dictador de la República sólo deseó el poder absoluto
y lo tuvo en sus manos sin dejar de ser también el hombre más pobre
del mundo, puesto que su riqueza era de otra especie. Le bastó al
déspota ilustrado que el país de cuya emancipación había sido el
inspirador y ejecutor fuese el más independiente y autónomo en la
América de su tiempo. Aquí comenzó la contradicción de lo absoluto
en el espacio de la historia que es el reino por antonomasia de
lo relativo: la libertad como producto del despotismo; la independencia
de un país bajo el férreo aparato de una dictadura perpetua.
Mi Caballero Andante, tocado por la locura iluminista, luchó también
con gigantes y fierabrases que salían a combatirle no desde los
libros de caballería, sino desde la concreta realidad de los pueblos
iberoamericanos mestizos, independizados políticamente pero que
seguirían siendo, por mucho tiempo aún, colonizados y neocolonizados
en su vida individual y colectiva.
Místico extraviado en los laberintos de su ínsula terrestre, el
solitario y adusto ermitaño de Paraguay trocó entonces su pasión
jacobina en la pasión de lo absoluto, que acabó por enajenarlo en
esa demencial alucinación, y se sustituyó, como lo hizo Robespierre,
al Ser Supremo que había arrojado por la ventana.
A diferencia del Quijote, la entidad ya casi ectoplasmática
del Supremo paraguayo, en la historia y en mi novela, logra, sin
embargo, realizar el sueño de los Caballeros Andantes Libertadores:
crear una patria auténticamente libre y soberana; fundar y consolidar
la autodeterminación de su pueblo. Ese oscuro abogado, ex seminarista,
de austeridad incorruptible, no cobraba su salario, apenas comía,
pero se permitió ignorar el ultimátum de Bolívar cuando éste le
intimó a poner en libertad al sabio Amadeo Bonpland; o cuando dio
asilo a su antagonista, el prócer uruguayo José Gervasio Artigas,
cuando éste fue traicionado y perseguido por los enemigos de la
causa americana.
Mi expectativa, en tanto autor, era ver estallar esta entidad del
poder absoluto en contradicción con la ineluctable coacción de lo
relativo. Pero el personaje ficticio no estalló en el encontronazo
de esas dos dimensiones contrarias pero indisociables. La infinitud
de lo absoluto dentro del espacio concreto de la relatividad histórica
sólo era posible en la dimensión a la vez imaginaria y real de la
escritura.
El protagonista de mi novela, inspirado en el personaje central
de la historia paraguaya -el Supremo Don José Gaspar Rodríguez de
Francia, hecho Dictador Perpetuo de la República, según el modelo
de la antigua ley romana- resultó más fuerte que la muerte, porque
ya estaba muerto sin saber que lo estaba.
Desde esos estados de la vida más allá de la muerte, de los
que habla el Dante, desde ese solio de transmundo instalado en una
cripta, donde moraba como un yacente y sombrío Dios Término, subía
esa voz, ese monólogo críptico inacabable: la palabra oral dictada
por el Supremo a la escritura: esa palabra que se oye primero y
se escribe después, como en los grandes libros de la humanidad escritos
para el pueblo para que los particulares lo lean. El pueblo se salvó,
pero en el diktat de el Supremo quedó enterrada la malsana
semilla del despotismo.
Rencorosos ventadores quisieron en vano arrancar la raíz de esa
terrible mandrágora del poder. Una luz mala siguió poblando de fuegos
fatuos las noches paraguayas y llenando su aire tenue con dictadores
grotescos y paródicos. Personajes de una picaresca descomunal veteada
de sangre y con olor a fiera. Cervantes no pudo soñarla porque no
le dejaron conocer América, donde él soñaba que se había refugiado
el último reino de los Caballeros Andantes en medio de esas soledades
de selvas y ríos y desiertos y montañas inconmensurables como el
mundo.
Vayamos al fin del imposible paralelo entre los dos personajes emblemáticos,
entre estas dos figuras opuestas y extremas -una sombría, luminosa
la otra- que quizá se toquen en algún punto en la esfera de la imaginación;
esa esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia
en ninguna, como decía de la suya Pascal.
¿Podía hacer yo otra cosa, a la sombra del gran modelo, que imaginar
un doble totalmente opuesto al carácter, a los sentimientos,
a la cosmovisión renacentista y erasmiana de Don Quijote? Su locura
era sabiduría (esa que Erasmo, en su Elogio de la locura,
alabó en su amigo Tomás Moro con la palabra derivada de su nombre:
Moira, a partir del título Encomius moryae). La locura
de el Supremo Dictador no era sino alucinación de lo absoluto, obnubilación
ególatra de la razón, cerrazón de la luz.
Don Quijote continúa cabalgando, "desfaciendo entuernos", enamorado
del amor, de la dignidad, de la libertad, en los que la vida y el
ser humano tienen sus raíces primordiales.
El Supremo Dictador, en su cripta, con el amargo sabor de lo absoluto
fermentado en la boca, dice a modo de despedida: "Detrás de mí vendrá
el que pueda". Y con la tumba al hombro comienza a errar sin término
por los laberintos de la historia que lo aniquila y lo desvanece
en el ruido y la furia de lo relativo.
Don Quijote, disuelto en Alonso Quijano o Quijada -del que es oriundo-,
sucumbe en la mansa y resignada dimisión de su muerte. Lo vemos
humillar sus banderas sobre la sólida losa del sentido común. Don
Quijote, transformado otra vez en Alonso Quijano, el Bueno, inclina
las banderas rebeldes de su Moira sobre la sensatez de los
tópicos tranquilizadores a los que el ánima contrita se aferra en
la agonía del tránsito temiendo que la muerte sea el fin de todo.
Don Quijote lo hace, sin embargo, con la última irónica y plácida
sonrisa de su desvanecida locura-sabiduría guiñando un ojo al lector,
a la posteridad, al mundo, sobre lo humano y lo divino, en el trascendente
mutis final.
Don Quijote sabe que la muerte no es el fin de todo, sino el comienzo
de una vida de imposible fin; en ella Cervantes tenía puestos su
fe, su anhelo de posteridad. La posteridad no se regala a nadie,
pero él supo ganarla con la plenitud y largueza que su obra merece.
Cumplido ya el "paso de las efemérides de mis pulsos" -escribe en
el prólogo del Persiles- "tiempo vendrá quizá donde, anudando
este roto hilo, diga lo que aquí me falta y lo que sé convenía.
¡Adiós gracias, adiós donaires, adiós regocijados amigos; que ya
me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!".
Con ello, don Miguel de Cervantes (desencarnado ya de su alter
ego se desvanece y sobrevive en su personaje emblemático) nos
da, desde el revés de la trama de la novela, su máxima y melancólica
lección que brilla entre las líneas del libro y en el desdoblamiento
de origen sabiamente previsto en la génesis de la obra. Lo prodigioso
de esta obra radica, justamente, en esos sutiles y casi imperceptibles
vínculos de todas sus partes en torno al núcleo del sistema solar
de su imaginario.
Alonso Quijano o Quijada (no Don Quijote) acepta la derrota de los
ideales caballerescos, admite el triunfo de los estereotipos, anula
toda voluntad transgresiva, toda rebeldía, la desmesura de locas
y sabias aventuras bajo el resplandor del ideal heroico. Alonso
Quijano no es más que un hombre de corazón simple. Cervantes no
podía abolir la existencia ya inextinguible de Don Quijote. Hace
morir a Alonso Quijano, que es lo natural en toda vida humana, pero
"alegrándose en profecía" -parafraseo las palabras de su última
dedicatoria, escrita tres días antes de su muerte, al conde de Lemos-
de que las andanzas del Quijote continuarán sin término contra
follones, malandrines y traidores de toda laya.
El símbolo de esta derrota final no es entonces sino la ceniza de
la que el fénix del Caballero Andante renacerá sin cesar. Muere
Alonso Quijano, el hombre común, corriente y moliente, pero no Don
Quijote ni tampoco Sancho, quienes -en la unidad de los contrarios-
seguirán cabalgando juntos en la aventura de rescatar de las sombras
el misterioso, el inagotable resplandor de la vida, de la belleza,
de la lealtad, del valor, de la esperanza, de la libertad.
De Cervantes aprendí a evitar la facilidad de ser un escritor profesional,
en el sentido de un productor regular de textos; a escribir menos
por industria que por necesidad interior, menos por ocupar espacio
en la escena pública que por mandato de esos llamados hondos de
la propia fisiología creativa que parecieran trabajar por fotosíntesis,
como en la naturaleza. ¿Serán estos llamados los que también a veces
por soberbia desoímos?
De todos modos no están sujetos estos llamados a la puntual regularidad
de las estaciones de cualquier especie que fueren, sino a los centros
de luz y de calor de cada época de la vida; a la madurez de cada
etapa en la literatura de un autor. Entre estos momentos creativos
intermitentes del escritor no profesional se interponen los obstáculos
del propio vivir, los imperativos de la subsistencia.
Hay también esos vacíos interiores, esos silencios tenaces que pueden
durar toda una vida, puesto que se confunden con ella; silencios
involuntarios, eclipses de la voluntad, visitados siempre por el
remordimiento de una culpa no elegida, pero tampoco ineludible.
A causa de estas alternativas involuntarias, no puedo considerarme
más que un artesano. Lo que también es mucho decir. Un artesano
entregado, cuando puede -no cuanto puede, que es poco- al oficio
de modelar en símbolos historias fingidas, relatos a medias inventados;
historias imaginarias de sueños reales, de lejanas y recurrentes
pesadillas.
Estas incursiones de la escritura tratan de penetrar lo más profundamente
posible bajo la piel del destino humano, de las experiencias vividas,
del siempre renovado enigma de la existencia, creando su propia
realidad sin perder por ello su carácter imaginario de "historias
fingidas", como decía Cervantes, de las que él mismo escribía. Escribir
un relato no es describir la realidad con palabras, sino hacer que
la palabra misma sea real. únicamente de este modo la palabra real
puede crear los mundos imaginarios de la fábula.
La ficción de Cervantes se despliega así como un vasto y viviente
pulular de la realidad española en todos sus aspectos, en toda su
gama de matices, en todas sus capas sociales: desde los grandes
de la nobleza en el esplendor de sus atributos a ese bajo pueblo
color de tierra y de miseria que también da señores; de la gran
figura histórica individual al pueblo como personaje multitudinario.
Hay en este gran fresco cervantino desde lo dramático a lo paródico;
desde lo grave a lo grotesco; desde la sátira acerba, pero siempre
comedida y sin resentimientos, a la más fina esencia del lirismo
del amor y del humor. Su sentido simbólico es siempre actual y futuro
en función de la universalidad de la imaginación mítica, de tal
modo que la mitología de los tiempos modernos no ha hecho más que
confirmarlo y enriquecerlo.
En este caleidoscopio colectivo don Miguel supo mirar las cosas
del revés: desde el presente hacia el pasado y desde el futuro hacia
el presente, en esos espejos del tiempo, de la memoria y de la premonición
que se comunican sus imágenes en la Imago del mundo. Sabiduría
que hizo decir a su coetáneo Gracián: "Sólo mirándolas del revés
se ven bien las cosas de este mundo".
Esta combinatoria de espejos nos muestra, en la primera novela de
los tiempos modernos, la escena dentro de la escena: Don Quijote
va a la imprenta a ver cómo salen en letras de molde sus próximas
aventuras. Lee lo que se escribe sobre ellas. En otro libro, un
personaje oscuro habla de Cervantes como de "un tal Saavedra". Innumerables
figuras atraviesan los espejos y funden la ficción con la realidad
en el azogue verberante de la fantasía.
De allí salen, sin embargo, esos personajes, tan reales, a quienes
uno siente que podría darles la mano en cualquier esquina del universo.
Mirar las cosas del revés es como mirarlas al trasluz de la propia
vida interior, llena de ojos invisibles pero visionarios. Mirar
las cosas del revés, pero en su justo derecho, es lo que supo hacer
Cervantes.
Entre las magias siempre renovadas de las lecturas del Quijote,
hay una que no advertí conscientemente hasta mucho más tarde, ya
entrado en la adultez: la ausencia de niños. No los había visto
acaso porque en la atmósfera luminosa de esta obra reverbero la
cosmovisión lúdica de la infancia en la primavera del mundo. El
mundo niño del que hablaba Montaigne.
En el Quijote los adultos son niños jugando a las fantasías
de su imaginación, y quien escribió este libro es otro niño deslumbrado
por la virtud transfiguradora de la ilusión.
Cervantes no pudo entrar en América, pese a que reclamó este don
con esperanzada insistencia. Se lo negaron tal vez a causa de su
mano malograda en Lepanto, en "la más alta ocasión que vieron los
siglos"; mutilación que era para él su más gloriosa presa.
También en este sueño de los viajes, el deslumbrado visitante de
Roma y de Nápoles, el ex cautivo de Argel, no pudo realizar el anhelo
de su viaje a América acaso porque ya se estaba preparando para
el Gran Viaje, cada vez "más liviano de equipaje"; pese a que "con
todo eso -dice dulcemente después de la extremaunción- llevo la
vida sobre el deseo que tengo de vivir".
Veo a don Miguel de Cervantes Saavedra en la conmovedora y memorable
semblanza del hombre y del escritor que esbozó aquí, en este prestigioso
foro complutense, mi amigo Ernesto Sábato, con su inteligencia hecha
de pasión y lucidez en permanente combustión. Esta semblanza nos
da no solamente su figura y su genio, sino también la proyección
en el tiempo de la vida feliz y desdichada que a Cervantes le tocó
vivir, sufrir y escribir en perpetua esperanza y desesperanza, como
si ellas fueran la esencia de la que su destino estaba tejido. Pero
este hombre vivía en su milagro con humildad y mansedumbre, y de
esta debilidad sacaba la energía indomable que se reflejaba en su
escritura y en su rostro.
A diferencia del retrato atribuido a Juan de Jáuregui, el de Sábato
parece poseer una cuarta dimensión -la realidad de un sueño fundido
en sobreimpresión con la irrealidad del sueño de la muerte-, que
nos transporta a la visión, a la vez real y fantástica, de ese hombre
vivo en el tiempo inextinguible de su obra.
Leemos, vemos en la semblanza de Ernesto, al "tierno, desamparado,
andariego, valiente, quijotesco Miguel de Cervantes Saavedra", construyendo
fervorosamente en la escritura, hasta el último minuto de su vida,
las inagotables fantasías que poblaban su espíritu para brindarlas
a los otros.
No pudo entrar Cervantes en América, pero sí lo hicieron sus libros
llevando su presencia y su genio. Estos libros, empero, no entraron
en Paraguay. La ausencia inaudita duró casi dos siglos desde la
edición príncipe del Quijote, mientras las sucesivas ediciones
de toda su obra invadían literalmente América.
Los hechos culturales producen a veces estas incógnitas inexplicables,
estas fallas que a veces se les escapan a las agujas del azar en
el entramado novelesco de los hechos históricos. De pronto, sin
embargo, en algún festejo popular de Paraguay he visto a algún caballero
de la Triste Figura montado en rocín flaco, con yelmo de trapo y
lanza de caña de Castilla, jugando a los fuegos de San Juan. ¿Por
dónde se filtraron estos fantasmas o estrellas errantes de la imaginación
mítica?
He solido pensar -para encontrar las razones de esta ausencia inverosímil-
que la Asunción colonial, Madre de Pueblos y Nodriza de Ciudades,
según la bautizaran cédulas reales, estuvo siempre ocupada en asuntos
de mucha monta para que su gente de pro (y aun la que no lo era)
pudiera ponerse a leer libros de esparcimiento; esos libros de "romances
mentirosos y de vana profanidad", según rezaban las cédulas que
prohibían en vano la entrada de la imaginación en América, el continente
por antonomasia de la imaginación y del deseo.
Lo cierto es que el Quijote tampoco pudo entrar en Paraguay.
No se lo leyó hasta después de su independencia, en 1811. La maternal
Asunción tuvo que fundar y refundar ciudades (la segunda Buenos
Aires, entre varias otras), las ciudades nómadas del interior perseguidas
por los bandeirantes paulistas y por las belicosas tribus
no reducidas. Se estableció el imperio jesuítico o República Cristiana
de los Guaraníes. Estalló la Revolución de los Comuneros producida
por los mancebos de la tierra en la huella de los comuneros de Castilla.
Ya en el periodo independiente, y convertida en la nación más adelantada
material y culturalmente de América del Sur, una guerra de cinco
años produjo la ruina total del país hispano-guaraní. A partir de
este holocausto, la historia de Paraguay no fue más que una "obnubilación
en marcha", como sentencia Ciorán; una "pesadilla que arroja a la
cara ráfagas de su enorme historia", según las palabras de Rafael
Barrett, uno de los grandes españoles que adoptaron el dolor
paraguayo.
Alguna conseja de la tradición oral murmura en mi país que, en algún
hoy de los antiguos tiempos, el Gran Karaí (señor, en guaraní) del
Supremo Poder tenía en su austero y casi monacal despacho, colmado
de libros y legajos, un atril proveniente de alguno de los templos
confiscados.
El Supremo Dictador nacionalizó la Iglesia y promulgó el Catecismo
Patrio Reformado, pues el vicediós unipersonal no sólo creyó
haber implantado su reino del poder absoluto, del absolutamente
poder; decidió fundar, asimismo, su propia religión acerca de la
cual la copla popular ironiza festivamente.
De la aventura teológica, no quedó más que el atril en el ruinoso
despacho de la Casa de Gobierno. Y diz también la conseja
que sobre ese atril reposaba un gran libro abierto del que colgaba
hasta el piso un señalador de púrpura. La memoriosa tradición oral
no dice de qué libro se trataba. A la tradición le basta saber que
sabe. De que el libro era leído con frecuencia sí daban testimonio
las páginas que diz que se hallaban muy sobadas y llenas
de extrañas notas escritas en los márgenes. También el mar de velas
en el que debió bogar el lampadario de bronce, erguido en el tenebrario.
Esas velas de una tenaz vigilia, de una perpetua vela de armas,
dejaron en torno al atril una capa de lava, de azufre, de sebo,
completamente recubierto de moho y de parietarias casi fosilizadas.
Eso dice la leyenda acerca del extraño libro que el Supremo Dictador
leía y anotaba como un antiguo monje copista, o -según yo lo presumo-
como otro furtivo Avellaneda que pretendía repetir por tercera vez
el libro irrepetible, sin recordar la sentencia de Cide Hamete Benengeli
sobre las aventuras del Quijote: "Sólo él pudo vivirlas,
sólo yo pude escribirlas".
En la certidumbre de que no podía ser otro el libro, yo no hice
más que poner, en mi novela, sobre el legendario atril, un libro,
el Libro de todos los tiempos: el inmortal Don Quijote de la
Mancha de don Miguel de Cervantes Saavedra, Supremo Señor de
la Imaginación y de la Lengua.
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