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Discurso de MARÍA ZAMBRANO
Majestades:

©Archivo gráfico "El
País"
María Zambrano. |
Para salir del laberinto de la perplejidad y del asombro, para
hacerme visible y hasta reconocible, permitidme que, una vez más,
acuda a la palabra luminosa de la ofrenda: Gracias.
Gracias por concederme, en esta hora de España y en la Universidad
de Alcalá de Henares, la ocasión de haber sido la primera mujer
galardonada con el Premio Cervantes. Y gracias, asimismo, por otorgarme
la oportunidad de compartir la siempre leal penumbra de algún recuerdo
claro o, a lo menos, íntimamente verdadero: el recuerdo de los espacios,
pues mal puedo olvidarme de todos ellos; y el recuerdo de las palabras,
pues desdecirme de ellas tampoco quiero.
Por amor a tales recuerdos y a vuestra generosa compañía, seguidme
hasta una hermosa ciudad de México, Morelia, cuyo camino no busqué,
sino que él mismo me llevó a ella, igual que a tantos otros españoles
recién llegados al destierro. Allí me encontré yo, precisamente
a la misma hora que Madrid -mi Madrid- caía bajo los gritos bárbaros
de la victoria. Fui sustraída entonces a la violencia al hallarme
en otro recinto de nuestra lengua, el Colegio de San Nicolás de
Hidalgo, rodeada de jóvenes y pacientes alumnos. Y, ajena desde
siempre a los discursos, ¿sobre qué pude hablarles aquél día a mis
alumnos de Morelia? Sin duda alguna, acerca del nacimiento de la
idea de la libertad en Grecia.
Era una forma natural de acordarme de España y del ya melancólico,
resignado y esperanzado fracaso. Era la forma de situarse en aquella
hermandad de una cultura que anunciaba la España del fracaso: la
más noble tal vez, la más íntegra. La que forzosamente tuvo que
fracasar, porque había ido más allá de su época, más allá de los
tiempos. Y es que posee la historia un ritmo inexorable que condena
al fracaso a todo aquello que se le adelanta o que le desborda.
Fracaso en razón de su misma nobleza y de su insobornable integridad;
también, porque en el fracaso aparece la máxima medida del hombre,
lo que el hombre tiene tan desprendido de todo mecanismo, de toda
fatalidad, y que nada puede quitárselo. Lo que en el fracaso queda
es algo que ya nada ni nadie pueden arrebatarnos. Y este género
de fracaso era entonces y sigue siendo ahora la garantía de un renacer
más completo. El que adviene cada vez que un hombre íntegro vuelve
a salir, al alba, al camino.
"Sería la del alba [...]", dice Cervantes que era cuando Don Quijote
salió al camino. "Sería", dice, con la incerteza propia del alba,
del alba que cuando alguien la mira y la sigue es un alborear. No
un estado de la luz, una hora fija del día, como lo son las otras
horas del día, aun las del crepúsculo, cuando es largo. Y las horas,
según vienen del alba, van ganando tiempo. El alba se diría que
no lo tiene; que ese su alborear no se lleva tiempo, no lo gasta
ni lo consume; que es su aparición, que, tratándose del tiempo,
no puede darse más que así, en una especie de labilidad como de
agua a punto de derramarse. Como si el océano del tiempo y de la
luz -del tiempo luz- se asomara de par en par al filo del desbordarse
y del retirarse. Pues, por clara que sea, el alba es siempre indecisa.
El alba da la certeza del tiempo y de la luz, y la incerteza de
lo que luz y tiempo van a traer. Es la representación más adecuada
que al hombre se le da de su propia vida, de su ser en la vida,
pues que el ser del hombre también siempre alborea. Ante el alba,
el hombre se encuentra consigo y ante sí, en ese su ir a desbordarse
e ir a ocultarse, en esa su indecisa libertad semisoñada. Y ante
el alba, la suya, la del día, se despierta yendo a su encuentro.
Es su primaria, su primera y trascendental acción.
Don Quijote se pone en camino a la hora del alba. No podía ser de
otra manera en ese personaje que padece, de manera ejemplar, el
sueño de la libertad, ese sueño que, en cierta hora, tan incierta,
se desata en el hombre.
Todo el Quijote es una revelación humana, mas no demasiado
todavía, que también en esto se encuentran, novela y protagonista
en el lugar y momento del alba; de la permanente alba que aún no
ha traspasado la novela de la humana libertad. El alba ante la cual
el hombre, a veces, se fatiga de ir al encuentro.
Y lo más revelador, quizá, de este libro revelador, sean esas tan
simples y puras palabras que enuncian la hora de la salida de Don
Quijote. Se destacan del resto del libro como si fueran palabras
sagradas, cuando, al parecer, declaran algo que no tiene mayor importancia:
la hora en que Don Quijote sale al camino. Mas ello es cosa esencial,
como lo es también el que Don Quijote "saliera" al camino y que
no se pusiera o se dispusiera. Estas palabras, como todas las en
un modo u otro sagradas, manifiestan la unidad, son la unidad. La
hacen y la actualizan, la crean, aunque, claro está, ellas solas
no podrían crearla. Pues que todo el Quijote se aparece con
ellas. Todo el Quijote está en ellas. Y basta recordarlas
para que todo el libro se presente entero. La unidad que reside
en ellas es sólo suya; se diría que se han individualizado. Actualizan
el personaje y su acción, el libro todo, cifra de unidad de la multiplicidad
de los diversos planos de la novela, de la realidad y el ser, de
la vida y la historia que en el Quijote, quizá como en ningún
otro libro, se despliegan.
Una unidad tal trasciende la novela misma y hace de su tiempo, tiempo
sucesivo, el tiempo del proceso de la libertad, un tiempo uno; lo
lleva a un instante uno y único del que ha partido y al que vuelve
en un círculo que no es el del eterno retorno. Es el círculo del
cumplimiento total de una vida personal en que la vocación ha acabado
liberándose de toda ansia novelera. La novela de la libertad ha
sido vencida por la vocación de un "más" que se esconde tras la
libertad y que desde ella llama. Ese "algo" que hace ir al encuentro
del alba.
Y, cuando este género de unidad aparece, la novela entra en el reino
de la poesía. Es un poema. Poema siendo apurada novela, porque todo
lo que es humana creación entra en la poesía cuando se logra. Lo
que quiere decir tan solo que el originario sueño inicial ha entrado
en el orden de la creación, en el renacer de la integridad máxima.
Cervantes era así, un hombre íntegro: había nacido enamorado. Y
por eso anduvo tan perdidizo, sin errar. Un día erró por insistir;
al fin, hombre íntegro. Lo había sido siempre: hombre, varón y hasta
un tanto enamoradizo, a lo errante. Insistir cerca, no de una imagen
-que hubiera sido el mayor peligro, ya casi a la vejez, hechizarse-,
sino de una realidad tangible, algo que entró como la realidad misma
en su mundo de ensueño, donde la realidad más real se hundía como
en un nido. Encontró así la identidad de la persona amada. Y aquella
mujer, Aldonza, tenía más realidad que ninguna de las que había
visto y entrevisto; era arisca, irreductible, exenta; nunca se ausentaba;
diríase que estaba privada de algo tan común a todos los seres y
cosas como la ausencia.
No podía ni soñar en hacerla suya; era algo desconocido y que no
sabía cómo tratar; ninguna de las mujeres lo había sacado de su
distracción, de su ensimismamiento; ninguna le había dado una sacudida
brusca, que es el despertar del sonámbulo en la semivigilia. Lo
que llega en ese instante rompe el ensueño; y aunque sea una sombra,
el rumor del ala de una mosca, es real del todo.
Aquella mujer, Aldonza, nada tenía de sombra ni de alas; su risa,
nada de rumor; todo era preciso, estaba, estaba siempre; más que
existir, estaba, y no había modo de acostumbrarse a esa presencia.
Ni la mirada, ni la distracción, ni siquiera la intimidad inevitable,
conseguían amansar el hecho de su estar; no había en ella esa docilidad
de todas las presencias; aun de las peñas y muros que acaban por
adelgazarse cuando son mirados largamente, cuando se les ha tocado.
Pues sucede, sin que de ello nos demos mucha cuenta, que el ver
y tocar los cuerpos los usa y los gasta, hasta los idealiza un poco;
el uso de los sentidos consigue una cierta desmaterialización de
ciertas corpóreas realidades. Con Aldonza no sucedía así; ella seguía
estando ahí, con la brutalidad del hecho, sin más, como un hecho
irreductible, pues que nunca se despojaba de nada; una fiera sin
caverna. Una realidad sin ese hueco del que todo lo real parece
emerger.
Cometió Cervantes el error de insistir; nunca se había encontrado
así frente a un hecho. Y el hecho era una mujer; era algo horrible.
Acostumbrado como estaba a enseñarlo todo, empujándolo hasta el
confín del horizonte invisible, acabando por hundirlo en él, no
podía resignarse; y no sabía cómo tratarlo, qué hacer. Aquello se
le resistía totalmente, se le fue haciendo como un foco de desmentido,
como la prueba de la no-existencia... ¿De qué? De lo que más le
importaba.
Era la denegación de aquel horizonte hacia el cual convergía todo,
que le sostenía, que le hacía posible moverse, pues le movía el
corazón y le hacía fluir hasta desbordarse. Era la negación que
lo confirmaba, que lo contenía. Y pronto comenzó a darse cuenta
de que la realidad, la de su propia vida, también se le resistía
al igual que su propia obra. No es que sus obras fuesen como aquella
mujer, Aldonza, pero algo en ellas había de hecho, de simple hecho;
no habían crecido, no habían transformado su cárcel, ni se habían
alzado hasta las estrellas llevándole consigo. En verdad, no le
habían llevado a ninguna parte.
Y así se vino a encontrar, rodeado de hechos por todas partes. Se
le ofreció la visión de su propia vida, y sintió su degradación
al verla compuesta de hechos; su vida degradada en una serie de
hechos, hazañas incluidas. Había pasado por la vida suspendido sobre
ella, y ahora se le apareció algo peor que el mismo vacío: el desierto
de los hechos. Y desfalleció sintiendo que tenía que contarlos,
sin que se le pasara ninguno; que los tenía que hacer pasar uno
a uno; los tenía que hacer pasar, porque el cáliz estaba más lejos.
Más lejos y más hondo, allí, en su corazón, estaba el cáliz: un
espacio sagrado, una palabra derramada frente al fracaso. Y hubo
de beberse su amargura, a solas, solo de verdad, como nunca lo había
estado. El cáliz a solas, en lugar de aquella entrevista única con
un ser único, una mujer que ni siquiera se había atrevido a soñar,
para no invadir con su sueño su entera verdad; esa verdad que le
estaba prometida.
Entonces acabó por sentirse libre, libre de su amor, y, al fin,
entrevió. De lo visible y reconocible pudo brotar el desprendimiento.
Y aquello fue, en verdad, un desprendimiento. Sintió que se le desprendía
el corazón, que se quedaba en las puras entrañas, como un ser que
no ha vivido nunca. De lejos, desde más allá de lo visible, llegó
hasta él una imagen blanca.
Al amparo de esa blancura, permítanme un inciso para acordarme de
otra imagen de España: la imagen blanca que nos dio Zurbarán, en
la que el hecho de ser blanca se sobrepone a todo, a la creación
y al fracaso, y nos mueve a quietud. Es la blancura, esta que Zurbarán
tan porque sí nos regala, la blancura en estado naciente. Entre
las tinieblas y los pardos colores de la pobreza, nace algo blanco,
un amplio hábito de esa enigmática y singular Orden de la Merced,
liberadora de cautivos, o un paño de uso, o una nada, y ella sola
-la blancura- en su ser abismal. Nace como una criatura venida "desde
el fondo de las edades", sombra del Cordero, ilimitada palabra que
se derrama y hunde, blanca sangre del sacrificio, nitidez de la
llama del fracaso, balido, llanto, aliento que se infunde.
La imagen que llegó hasta Cervantes parecía también la blancura,
la luz misma emblanquecida para hacerse visible, una condensación
de luz que tomó figura de mujer; su corazón salió a recibirla y
estuvo a punto de írsele para siempre. Mas sucedió lo contrario;
volvió a su pecho, se reintegró a su oficio de mediador con las
entrañas que, por un instante, habían sido abandonadas. Y ahora
nació ya hombre, pues la imagen dejó tras de sí un vacío; el horizonte
invisible quedó flotando en él, sin llamarlo, y, más allá, abriéndolo.
Y, al mismo tiempo, se hundía en el fondo de su corazón.
En aquel horizonte revelado comenzaron a sucederle de nuevo los
hechos; pero, como él era ya libre, podía transformarlos, no a su
antojo, sino según la ley de sus entrañas, que, al mismo tiempo
libres, pedían llorar y reír. Y todo lo que había estado dormido
en él despertó, comenzó a vivir según su ley. No tuvo necesidad
de olvidarse ni de desdecirse de sus obras ya escritas, eran sus
hijas, que correteaban por allí, y ahora le alegraban; todo ahora
le servía, hasta Aldonza, la real, y todas las mozas, sus hermanas,
que de criadas y algo más le habían servido. Y una extraña piedad
se le derramó sobre todas ellas y sobre sí mismo.
Comenzó a percibir un movimiento que le había estado escondido,
pues que lo había tenido envuelto; y ahora, fijo, lo seguía y lo
podía medir; se hizo de repente matemático, de esa matemática total
que es la música, la música de los hechos que se transforman en
sucesos vivientes, la música de los números que mueven el pensamiento,
como venidos de las estrellas. Las leyes de los cielos regían ya
para él, conducían su historia, que comenzó en seguida a escribir.
La escribió en un abrir y cerrar de ojos, como si ella sola se escribiese.
Le estaba pasando el mayor suceso de amor que hombre antes viviera.
El corazón, vuelto a su sitio, se le desprendía una y otra vez,
cuando entreveía aquella blanca forma, que a veces se precisaba
en figura de mujer. Creyó que le iba a caer muerta en sus brazos;
iba a abrazarla en un definitivo silencio. Pero ella había nacido
ya suspendida, por encima de la vida y de la muerte; creerla muerta
fue un espejismo de su corazón de hombre, y aun esto le fue negado;
no caería en sus brazos, ni muerta.
No era suya ni de nadie. Pero él, sí, tendría que pasar un momento
junto a ella, para atravesar el extraño cielo donde ella respiraba
y que -lo sabía ya- no era tampoco el suyo. No era el cielo último,
sino ese inalcanzable cielo que se ve desde la tierra, espejismo
sin engaño del paraíso; el cielo inexistente. Él venció la tentación
de sepultarlo, de llevar, como otros finos amadores llevan, el cielo
sepultado en su alma, fatalmente endurecida.
El amor y la muerte aparecen siempre juntos, y para algunos que
no alcanzan a disociarlos -el amor o la muerte- lo suyo es el decir:
"el amor o muero". Y al fin obtiene el amor; el amor inexistente;
la inexistencia de lo amado, y del amor mismo -libre de muerte.
Y así le sucedió a Cervantes. A punto ya de morir sin amor, se le
apareció al fin la imagen, la verdadera imagen del amor en su inexistencia.
También El cántico espiritual, de san Juan de la Cruz, es
el canto a la ausencia del amado. Aquí explicable, asimismo, porque
su amado no es visible. Pero en la poesía profana de este tiempo
y del anterior se vería también constantemente este motivo de ausencia
y de continua búsqueda de las huellas de lo amado. La naturaleza
entera se transforma: ríos, árboles, prados y hasta la luz misma
conservan la huella de la presencia amada, siempre esquiva e inalcanzable.
Cervantes conoció, pues, la inexistencia del amor: la inexistencia
del amor en forma de mujer inexistente. No podía ser suya ni de
nadie; sólo tenía que aparecer, que mostrarse, que ser llevada a
la inexistencia del arte, lugar donde se es revelado sin ser poseído,
en un remedo humano de la comunión. El hombre puede revelar tan
sólo la verdad pura, en su inexistencia y en una especie de renuncia
a existir también él. Y a esto último Cervantes estaba acostumbrado.
¿Había existido él acaso? Había vivido y no del todo, o quizás sí,
quizás él había vivido en la forma más pura, desviviéndose, para
no entrar del todo en la muerte antes de haber nacido: "Que yo,
Sancho, nací para vivir muriendo". Y la muerte, en este caso, espera.
Espera la muerte y se retira ante los que de verdad quieren nacer
del todo, dispuestos a cuanto haga falta. Y les da a padecer la
inexistencia: la doble inexistencia de lo amado y del que ama "La
verdad o la vida", dice ella. Y a los que eligen la verdad no les
deja vivir, pero les deja el tiempo.
Cervantes había vivido bastante ya o, más bien, no había podido
vivir enteramente en momento alguno, pues que ese instante se le
había negado: verdad y vida, vida verdadera. Le dieron tiempo, un
tiempo único; un instante, el del suceso que hubiera podido llamarse
"el desprendimiento"; le duró tanto como fue necesario para que
lo dejara para siempre; para que ese instante tan doloroso y activo
como fuego, como espada, no quedara escondido; para que se abriera
y de él se derramaran los mil granos de su historia.
Una extraña, doble y única historia: la de los hechos transformados
en sucesos y la historia no escrita de la inexistencia de la verdad.
O sea, tanto como decir: la verdadera historia de la verdad. Su
corazón ayunó sin esfuerzo. Escribía al alba, con la luz que precede
al sol, con su silencio. No se desdijo nunca. No tuvo que corregir
nada. Sólo una frase en la que mencionaba un lugar de la Mancha
-un resumen de España o del mundo entero- de cuyo nombre no quiso
acordarse. Un punto oscuro, un rencoroso olvido que acusaba, bajo
su propio peso, que aún seguía habitando la tierra.
Al amparo de aquel olvido, yo no he querido olvidarme de un lejano
y hermoso lugar: Morelia. Para no desdecirme de mi desvivir. Para
acordarme, con la palabra en blanco de Cervantes, de los presentes
y de los ausentes, de los que conocieron el fracaso e insistieron
en el error.
Y ojalá que a esta misma hora, que bien pudiera ser la del alba,
alguien pueda seguir hablando -aquí y allí o en otra parte cualquiera-
acerca del nacimiento de la idea de libertad.
Mientras tanto, y una vez pronunciada la de la oferta -gracias-,
voy a intentar seguir buscando la palabra perdida, la palabra única,
secreto del amor divino-humano. La palabra tal vez señalada por
aquellas otras palabras privilegiadas, escasamente audibles, casi
como murmullo de paloma:
Diréis que me he perdido,
Que, andando enamorada,
Me hice perdidiza y fui ganada.
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