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Discurso de CARLOS FUENTES
Majestades,

©Archivo gráfico "El
País"
Carlos Fuentes. |
Si este galardón -que tanto me honra y tanto aprecio- es considerado
el premio de premios para un escritor de nuestra lengua, ello se
debe a que, como ningún otro, es un premio compartido.
Yo comparto el Premio Cervantes, en primer lugar, con mi patria,
México, patria de mi sangre pero también de mi imaginación, a menudo
conflictiva, a menudo contradictoria, pero siempre apasionada con
la tierra de mis padres.
México es mi herencia, pero no mi indiferencia; la cultura que nos
da sentido y continuidad a los mexicanos es algo que yo he querido
merecer todos los días, en tensión y no en reposo. Mi primer pasaporte
-el de ciudadano de México- he debido ganarlo, no con el pesimismo
del silencio, sino con el optimismo de la crítica. No he tenido
más armas para hacerlo que las del escritor: la imaginación y el
lenguaje.
Son éstos los sellos de mi segundo pasaporte, el que me lleva a
compartir este premio con los escritores que piensan y escriben
en español. La cultura literaria de mi país es incomprensible fuera
del universo lingüístico que nos une a peruanos y venezolanos, argentinos
y puertorriqueños, españoles y mexicanos. Puede discutirse el grado
en el que un conjunto de tradiciones religiosas, morales y eróticas,
o de situaciones políticas, económicas y sociales, nos unen o nos
separan; pero el terreno común de nuestros encuentros y desencuentros,
la liga más fuerte de nuestra comunidad probable, es la lengua -el
instrumento, dijo una vez William Butlerler Yeats, de nuestro debate
con los demás-, que es retórica, pero también del debate con nosotros
mismos, que es poesía.
Debate con los demás, debate con nosotros mismos. Nos disponemos,
así que pasen cuatro años, a celebrar los cinco siglos de una fecha
inquietante: 1492. Vamos a discutir mucho sobre la manera misma
de nombrarla. ¿Descubrimiento, como señalan las costumbres, o encuentro,
como concede el compromiso? ¿Invención de América, como sugiere
el historiador mexicano Edmundo O'Gorman; deseo de América, como
anheló el Renacimiento europeo, hambriento de dos objetivos incompatibles:
utopía y espacio; o imaginación de América, como han dicho sus escritores
de todos los tiempos, de Bernal Díaz del Castillo a Sor Juana Inés
de la Cruz, y a Gabriel García Márquez?
Los cinco siglos que van de aquel 92 a éste se inician, también,
con la publicación de la primera gramática de la lengua castellana,
por Antonio de Nebrija. Y aunque Nebrija designa a la lengua como
acompañante del imperio, hoy reconocemos la otra vertiente de la
celebración y ésta es la crítica. La lengua de la conquista fue
también la de la contraconquista, y sin la lengua de la colonia
no habría lengua de la independencia.
Hablo de un idioma compartido, con mi patria, con mi cultura y con
sus escritores. Quiero ir más lejos, sin embargo. Esta lengua nuestra
se está convirtiendo, cada vez más, en una lengua universal, hablada,
leída, cantada, pensada y soñada por un número creciente de personas:
casi 350 millones, convirtiéndola en el cuarto grupo lingüístico
del mundo; sólo en los EEUU de América sus hispanoparlantes transformarán
a ese gran país, apenas rebasado el año 2000, en la segunda nación
de habla española del mundo.
Esto significa que, en el siglo que se avecina, la lengua castellana
será el idioma preponderante de las tres Américas: la del Sur, la
del Centro y la del Norte. La famosa pregunta de Rubén Darío -¿tantos
millones hablarán inglés?- será al fin contestada: no, hablarán
español.
Nuestra imaginación política, moral, económica, tiene que estar
a la altura de nuestra imaginación verbal.
Esta lengua nuestra, lengua de asombros y descubrimientos recíprocos,
lengua de celebración pero también de crítica, lengua mutante que
un día es la de san Juan de la Cruz y al siguiente la de fray Gerundio
de Campazas y al día que sigue, lengua fénix, vuela en alas de Clarín,
esta lengua nuestra, mil veces declarada, prematuramente, muerta,
antes de renacer para siempre, a partir de Rubén Darío, en una constelación
de correspondencias trasatlánticas, ha sido todo esto porque ha
sido espejo de insuficiencias, pero también agua del deseo, hielo
de triunfos y cristal de dudas, roca de la cultura, permanente,
continua, en medio de borrascas que se han llevado a la deriva a
tantas islas políticas; vidrio frágil, la lengua nuestra, pero ventana
amplia, también, gracias a los cuales tenemos refugio y compensación,
así como visión y conciencia, de los tiempos inclementes.
La lengua imperial de Nebrija se ha convertido en algo mejor: la
lengua universal de Jorge Luis Borges y Pablo Neruda, de Julio Cortázar
y Octavio Paz. La literatura de origen hispánico ha encontrado un
pasaporte mundial y, traducida a lenguas extranjeras, cuenta con
un número cada vez mayor de lectores.
¿Por qué ha sucedido esto? No por un simple factor numérico, sino
porque el mundo hispánico, en virtud de sus contradicciones mismas,
en función de sus conflictos irresueltos, en aras de sus ardientes
compromisos entre la realidad y el deseo, y a la luz de la memoria
colectiva de nuestra historia, que es la historia de nuestras culturas,
plurales de nuestro lado del Atlántico -europeos, indios, negros
y mestizos- pero de este lado también -cristianos, árabes y judíos-,
ha podido mantener vigente todo un repertorio humano olvidado a
menudo, y con demasiada facilidad, por la modernidad triunfalista
que ha protagonizado, entre aquel 92 y éste, la historia visible
de la humanidad.
Hoy, que esa modernidad y sus promesas han entrado en crisis, miramos
en torno nuestro buscando las reservas invisibles de humanidad que
nos permitan renovarnos sin negarnos, y encontrarnos en la comunidad
de la lengua y de la imaginación española dos surtidores que no
se agotan.
Mas apenas intentamos ubicar el punto de convergencia entre el mundo
de la imaginación y la lengua hispanoamericana y el universo de
la imaginación y el lenguaje de la vida contemporánea, nos vemos
obligados a detenernos, una y otra vez, en la misma provincia de
la lengua, en la misma ínsula de la imaginación, en el mismo autor
y en la obra misma, que reúnen todos los tiempos de nuestra tradición
y todos los espacios de nuestra imaginación.
La provincia -acá abajo, con Rocinante- es La Mancha. La ínsula
-allá arriba, con Clavileño- es la literatura. El autor es Cervantes,
la obra es el Quijote y la paradoja es que de la España postridentina
surgen el lenguaje y la imaginación críticos fundadores de la modernidad
que la Contrarreforma rechaza.
Daniel Defoe escribe el Robinson Crusoe con el tiempo de
una modernidad consonante. Miguel de Cervantes escribe el Quijote
a contratiempo, desautorizado por la historia inmediata, respondiendo
no tanto a lo que está allí sino a lo que hace falta; potenciando
la imaginación para hablarnos menos de lo que vemos que de lo que
no vemos; de lo que ignoramos, más de lo que ya sabemos.
Unamuno ve las caras de Robinson y Quijote; en la del inglés, reconoce
a un hombre que se crea una civilización en una isla; en la del
español, a un hombre que sale a cambiar el mundo en que vive. Hay
esto, pero algo más también: la tradición de Robinson será la de
la seguridad, la coincidencia con el espíritu del tiempo, incluyendo
una coincidencia con la crítica del tiempo, pero a veces, también,
la arrogancia de nombrarse protagonista del mismo. La poética de
Robinson será la de la narrativa lineal, realista, lógica, futurizante,
poblada por seres de carne y hueso, definidos por la experiencia:
Robinson y sus descendientes leen al mundo.
Quijote y los suyos son leídos por el mundo, y lo saben. La tradición
quijotesca no disfraza su génesis fictiva; la celebra; sus personajes
no son entes psicológicos, sino figuras reflexivas; no el producto
de la experiencia, sino de la inexperiencia; no les importa lo que
saben, sino lo que ignoran: lo que aún no saben. No se toman en
serio; admiten que su realidad es una mentira. Pero esa maravillosa
mentira, la novela, salva, nos dice Dostoyevsky hablando de Cervantes,
a la verdad.
La poética de La Mancha y su descendencia numerosa, que un día antes
que yo evocó aquí mismo el gran novelista cubano Alejo Carpentier,
incluyen a los hijos de Don Quijote, el Tristram Shandy de Sterne,
contemplando su propia gestación novelesca; y el fatalista de Diderot,
Jacques, ofreciéndole al lector repertorios infinitos de probabilidades;
a sus nietas, la Catherine Moorland de Jane Austen y la Emma Bovary
de Gustave Flaubert, que también creen todo lo que leen; a sus sobrinos
el Myshkin de Dostoyevsky, el Micawber de Dickens y el Nazarín de
Pérez Galdós: todos aquellos que escogen la difícil alternativa
de la bondad y por ello sufren agonía y ridículo; y si todos ellos
son descendientes de Don Quijote lo son, acaso, de San Pablo también,
pues la locura de Dios es más sabia, dice el santo, que toda la
sabiduría de los hombres.
La locura de Don Quijote y su descendencia es una santa locura:
es la locura de la lectura. Su biblioteca de libros de caballerías
es su refugio inicial, la protección de su supuesta locura, que
consiste en dar fe de la lectura. Pero esta convicción entraña el
deber de actualizar sus lecturas.
Don Quijote sale a probar la existencia de una edad pasada, cuando
el mundo era igual a sus palabras. Se encuentra con una edad presente,
empeñada en separarlo todo. Sale a probar la existencia de los héroes
escritos: los paladines y caballeros andantes del pasado. Encuentra
su propia contemporaneidad en un hecho para él irrefutable: Don
Quijote, como sus héroes, también ha sido escrito.
Quijote y Sancho son los primeros personajes literarios que se saben
escritos mientras viven las aventuras que están siendo escritas
sobre ellos. Colón en la tierra nueva, Copérnico en los nuevos cielos,
no operan una revolución más asombrosa que ésta de Don Quijote al
saberse escrito, personaje del libro titulado El Ingenioso hidalgo
Don Quijote de la Mancha.
La información moderna, el privilegio pero también la carga de la
mirada plural, nacen en el momento en que Sancho le dice a Don Quijote
lo que el bachiller Sansón Carrasco le dijo a Sancho: estamos siendo
escritos. Estamos siendo leídos. Estamos siendo vistos. Carecemos
de impunidad, pero también de soledad. Nos rodea la mirada del otro.
Somos un proyecto del otro. No hemos terminado nuestra aventura.
No la terminaremos mientras seamos objeto de la lectura, de la imaginación,
acaso del deseo de los demás. No moriremos -Quijote, Sancho- mientras
exista un lector que abra nuestro libro.
Paso definitivo de la tradición oral a la tradición impresa, Don
Quijote, culminando prodigiosamente su novedad novelesca, es el
primer personaje literario, también, que entra a una imprenta para
verse a sí mismo en proceso de producción. Ello ocurre, naturalmente,
en Barcelona.
El precio de esta aventura de Don Quijote, su pasaporte entre dos
tiempos de la cultura, es la inestabilidad. Inestabilidad de la
memoria: Don Quijote surge de una oscura aldea, tan oscura que su
aún más oscuro -su incierto- autor, ni siquiera recuerda o no quiere
recordar, el nombre del lugar. Don Quijote inaugura la memoria moderna
con la ironía del olvido: todos sabían dónde estaba Troya y quién
era Aquiles; nadie sabrá quién es K el agrimensor de Kafka, o dónde
está El Castillo, dónde está Praga, dónde está la historia.
Inestabilidad, en segundo lugar, de la autoría: ¿quién es el autor
del Quijote, un tal Cervantes, más versado en desdichas que en versos,
o un tal de Saavedra, evocado con admiración por los hechos que
cumplió, y todos por alcanzar la libertad; el historiador arábigo
Cide Hamete Benengeli, cuyos papeles son vertidos al castellano
por un anónimo traductor morisco, y que serán objeto de la versión
apócrifa de Avellaneda? ¿Pierre Ménard, autor del Quijote?
¿Jorge Luis Borges, autor de Pierre Ménard y en consecuencia
... ?
Inestabilidad del nombre, en tercer lugar. "Don Quijote" es sólo
uno de los nombres de Alonso Quijano, que quizás es Quixada o Quesada
y que, apenas incursiona en el género pastoril, se convierte en
Quijotiz; apenas entra a la intriga de la corte de los duques se
convierte en el don Azote de la princesa Micomicona; cambian de
nombre sus amantes -Dulcinea es Aldonza-, sus yeguas -Rocín-antes-,
sus enemigos -Mambrino se convierte en Malandrino- y hasta sus infinitos
autores: Benengeli se nos convierte en Berenjena.
Memoria inestable, autoría y nominación inestables; búsqueda, en
consecuencia, del género mismo, del visado que nos diga: soy literatura,
soy novela. Pero esto tampoco escapa a la inseguridad. Inaugurando
la novela moderna, Cervantes nos dice: éste es el género de todos
los géneros y la contaminación de todos ellos, de todo cuanto esta
novela, Don Quijote, abarca: picaresca y épica, pastoril
y amorosa, novela morisca y novela bizantina, interpolada e interrumpida:
indefinición de las categorías perfectas y cerradas; conflicto y
contagio perpetuo del lenguaje.
Radicalmente moderno, Cervantes nos dice desde el siglo XVII: recuerden,
podemos olvidar; miren, no sabemos quiénes somos; escuchen, ya no
nos entendemos.
Si el tiempo de la Contrarreforma, que es el suyo, le pide unidad
de lenguaje, Cervantes le devuelve multiplicidad de lenguajes; si
quiere fe, le devuelve dudas. Pero si la modernidad exige, por su
lado, la duda constante, Cervantes, más moderno que la modernidad,
le devuelve la fe en la justicia y el amor, y le exige el mínimo
de unidad que nos permita comprender la diversidad misma.
Cervantes nos dice que no hay presente vivo con un pasado muerto.
Leyéndolo, nosotros, hombres y mujeres de hoy, entendemos que creamos
la historia y que es nuestro deber mantenerla. Sin nuestra memoria,
que es el verdadero nombre del porvenir, no tenemos un presente
vivo: un hoy y un aquí nuestro, donde el pasado y el futuro, verdaderamente,
encarnan.
Mirada extraordinaria del discípulo de Alcalá de Henares sobre su
mundo y el nuestro; la suya es la más ancha de las modernidades.
Contratiempo, sí, y paradoja que acaso no lo sea tanto: novela permanente,
origen del género pero también destino del mismo, el Quijote
es nuestra novela y Cervantes es nuestro contemporáneo porque su
estética de la inestabilidad es la de nuestro propio mundo.
A las crisis de entonces y de ahora Cervantes les indica el camino
de una apertura que convierte a la inseguridad en el motivo de una
creación constante. Cervantes inventa la novela potencial, en conflicto
y en diálogo consigo misma, que es hoy la novela de Italo Calvino,
de Milan Kundera y de Juan Goytisolo: la invitación quijotesca es
la invitación perpetua a salir de nosotros mismos y vernos -a nosotros
y al mundo- como enigma, pero también como posibilidad incumplida.
La novela, para ganarse el derecho de criticar al mundo, comienza
por criticarse a sí misma: la interrogante de la obra produce la
obra.
Pero si la poética de La Mancha es la del mundo contemporáneo, también
es la del Nuevo Mundo americano. Desde la fundación, nosotros nos
preguntamos, como el lector de Cervantes, ¿quién es el autor del
Nuevo Mundo? ¿Colón, que lo pisó primero, o Vespucio, que primero
lo nombró? ¿Los dioses que huyeron, o el Dios que llegó? ¿Los anónimos
artesanos mestizos de nuestras iglesias barrocas, o la afamada poeta
barroca, obligada a guardar silencio por las autoridades?
¿Y dónde está el Mundo Nuevo? ¿En un lugar de Macondo, de cuyo nombre
no quiero acordarme? ¿En un lugar en Comala, en un lugar de Canaima,
en las alturas de Macchu Picchu? ¿Existen realmente esos lugares,
son ciertos sus nombres? ¿Qué quiere decir "América"? ¿A quién le
pertenece ese nombre? ¿Qué quiere decir "el Nuevo Mundo"? ¿Cómo
pudo transformarse la dulce Cuauhnáhuac azteca en la dura Cuernavaca
española? ¿Cómo bautizar el río, la montaña, la selva, vistos por
primera vez? Y sobre todo, ¿cómo nombrar el vasto anonimato humano
-indio y criollo, mestizo y negro- de la cultura multirracial de
las Américas?
Darle voz y nombre a quienes no los tienen: la aventura quijotesca
aún no termina en el Nuevo Mundo. Recordar que había una civilización
del Nuevo Mundo antes de 1492 y que aunque la conquista propuso
una nueva historia, los conquistados no renunciaron a la suya. El
recuerdo ilumina el deseo, y ambos se reúnen en la imaginación:
¿quién es el autor del Nuevo Mundo?
Somos todos nosotros: todos los que lo imaginamos incesantemente
porque sabemos que sin nuestra imaginación América -el nombre genérico
de los mundos nuevos- dejaría de existir.
A partir de la imaginación los hispanoamericanos estamos intentando
llenar todos los abismos de nuestra historia con ideas y con actos,
con palabras y con organización mejores, a fin de crear, en el Nuevo
Mundo hispánico, un mundo nuevo, una realidad mejor, en contra del
capricho del más fuerte, que se sustenta en la fatalidad; a favor
del diálogo y de la coexistencia, que se sustentan en la libertad,
y otorgándole un valor específico al arte de nombrar y al arte de
dar voz. Escritores, somos también ciudadanos, igualmente preocupados
por el estado del arte y por el estado de la ciudad.
Portamos lo que somos en dirección de lo que queremos ser: voces
en el coro de un mundo nuevo en el que cada cultura haga escuchar
su palabra.
La nuestra se dice (y a veces hasta seduce) en español y con ella
queremos hablarle a un planeta que no puede limitarse a dos opciones,
dos sistemas, dos ideologías, sino que pertenece a múltiples culturas
humanas y a sus fecundas posibilidades, hasta ahora apenas expresadas.
Sin embargo, la velocidad de los avances tecnológicos, la creciente
interdependencia económica y el carácter instantáneo de las comunicaciones,
forman parte de una dinámica global que no se detiene a preguntarle
a nadie: oye, ¿ya decidiste cuál es tu identidad?
1992 es quizás nuestra última oportunidad de decirnos a nosotros
mismos: esto somos y esto le daremos al mundo. Ejemplifico, no agoto:
somos esta suma de experiencias, esta capacidad para actualizar
los valores del pasado a fin de que el porvenir no carezca de ellos,
este sentimiento trágico de que ninguna receta ideológica asegura
la felicidad o puede, por sí misma, impedir la infelicidad si no
va acompañada de algo que nosotros, los hispánicos, conocemos de
sobra: el poder del arte para compensar y completar la experiencia
histórica, dándole sentido y convirtiendo la información en imaginación.
Es la lección de La Mancha: Cervantes. Es también la lección de
Comala: Rulfo; y la de Santa María: Onetti.
No estamos solos y nos encaminamos hacia el mundo del siglo venidero
con ustedes, los españoles, que son nuestra familia inmediata. Nos
necesitamos. Pero, también, el mundo del futuro necesita a España
y a la América española. Nuestra contribución es única; también
es indispensable; no habrá concierto sin nosotros. Pero antes debe
haber concierto entre nosotros. A España le concierne lo que ocurre
en Hispanoamérica y en Hispanoamérica nos concierne lo que ocurre
en España. Sólo necesitándonos entre nosotros, el mundo nos necesitará
también. Sólo imaginándonos los unos a los otros, el mundo nos imaginará.
La celebración del Quinto Centenario será, dentro de este espíritu,
un acto renovado de fe en la imaginación. Nos corresponde de nuevo,
de ambos lados del Atlántico, imaginar los mundos nuevos, pues no
hay otra manera de descubrirlos.
Majestades,
Este honor excepcional con el que España distingue hoy a un ciudadano
de México es parte de una tradición constante, que nos precede y
nos prolongará: la relación de los escritores del Nuevo Mundo con
la patria de Cervantes.
Quiero destacar un momento de esta relación, en el que España nos
dio, a mí y a muchos mexicanos, lo mejor de sí misma.
Mi país le abrió los brazos a la España peregrina que en México
encontró refugio para restañar las heridas de una guerra dolorosa.
La emigración española compartió con nosotros algunos de los frutos
más brillantes del arte, de la poesía, de la música, de la filosofía
y del derecho modernos de España.
Muchos mexicanos somos los que somos, y sin duda somos un poco mejores,
porque nos acercamos a esos peregrinos y ellos nos ayudaron a ver
mejor -Luis Buñuel-, a pensar mejor -José Gaos-, a oír mejor -Adolfo
Salazar-, a escribir mejor -Emilio Prados, Luis Cernuda- y a concebir
mejor la unión de la lengua y de la justicia, de las palabras y
los hechos.
A nadie le debo más en este sentido que a mi viejo maestro don Manuel
Pedroso, antiguo rector de la Universidad de Sevilla, que para mi
generación en la Universidad de México le dio identidad española
al estudio del derecho internacional, actualizando entre nosotros
la tradición de Suárez y Vitoria, y preparándonos para decir y defender
en el continente americano los principios del derecho de gentes:
no intervención, autodeterminación, solución pacífica de controversias,
convivencia de sistemas.
Estoy seguro de que a él le gustaría saber que lo recuerdo hoy,
aquí, en otra gran Universidad, la de Alcalá de Henares, y en presencia
suya, señor, pues nadie, como usted, ha hecho tanto para cerrar
las heridas históricas y devolvernos, íntegra y generosa, a nuestra
España, y nadie, más que Su Majestad la Reina, ha estado tan atenta
al cultivo de la relación diaria, humana, gentílisima, entre nuestras
dos patrias, España y México.
Gracias, entonces, por darle a mi pasaporte mexicano y manchego
el sello de vuestra calidad espiritual.
Ahora abro el pasaporte y leo:
Profesión: escritor, es decir, escudero de Don Quijote.
Y lengua: española, no lengua del imperio, sino lengua de la imaginación,
del amor y de la justicia; lengua de Cervantes, lengua de Quijote.
Muchas gracias.
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