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Discurso
de LUIS ROSALES Pongo en sus manos lo que es suyo.
 ©Archivo
gráfico "El País" Luis Rosales. | Con
estas principiantes y primeras palabras, quiero expresar mi agradecimiento. Lo
dije muchas veces y lo repito ahora: nadie merece un premio. En su sentido más
profundo, la creación siempre es colectiva. Por consiguiente, quien puede merecerlo
es la generación a la que pertenezco. Una generación en que los muertos pesan
más que los vivos. Debo reconocer que unos y otros, los vivos y los muertos, me
sostuvieron en los años difíciles, influyeron en mí continuamente, y en cierto
modo consiguieron hacerme como soy. Al jurado y a ellos debo darles las gracias,
y esto es un acto de reconocimiento, desde luego, pero también una restitución:
pongo en sus manos lo que es suyo.
Debo también agradecimiento al Estado
español, que ha instituido y mantenido el premio. Su creación fue un acierto,
que ha servido a dos causas principales. La primera: ayudar eficazmente a mantener
la unidad de la lengua. Ya es causa suficiente, pues la unidad de la lengua es
la razón de las razones. Pero, además, ha establecido una meta común entre los
escritores hispanohablantes y un nivel nuevo de aspiración y de esperanza. Considero
que la creación de un nivel de esperanza tiene más interés que la creación de
un seguro social. Ya es hora de saberlo. Desatendidos por la sociedad, y vistos
con recelo por los gobiernos, los escritores españoles no pueden ser perseverantes
en la defensa de su vocación. Nadie se lo permite. El escritor es un náufrago
en tierra firme, y "escribir en España sigue siendo llorar".
La tarea
de escribir no es la más apreciada entre nosotros. Sin embargo, esta labor estabiliza
la unidad de la lengua, la mantiene en estado naciente e influye en su proceso
de crecimiento. La lengua crece o degenera. Nunca se encuentra en el mismo punto
y es necesario defenderla. A quien tenga poder para hacerlo corresponde esta obligación.
Es necesario defenderla y es necesario hacerlo a tiempo. El lenguaje no es sólo
un medio de comunicación. La lengua es nuestra patria: hemos nacido a ella y hemos
vivido en ella. Mas la lengua es también la frontera de cada hombre. Delimita
la vida personal y perfila nuestras virtudes y nuestros vicios, nuestros valores,
nuestros saberes y nuestros poderes. En la lengua que habla se ve el rostro de
un pueblo. Guarda todos sus rasgos y es igual que un espejo interno. Un espejo
de adentro. Ahora bien, como la lengua no es sólo un medio de expresión, sino
un sistema de instalación vital, si no la hablamos correctamente es porque no
vivimos plenamente. Quien no habla bien su lengua no ha aprendido a vivir. Quien
la habla mal, vive a traspiés. Hay que tenerla a punto y, sin embargo, desde hace
ya bastante tiempo se habla en España de una manera descuidada y defectuosa. Es
un error muy grave: quiere decir que no vivimos a la altura de nuestro tiempo.
Al escritor le atañe también otra tarea que considero capital. Desde
hace más de un siglo, en todas las naciones más o menos civilizadas se va perdiendo
y degradando el espíritu de comunidad. Sólo subsiste en aquellos lugares que no
tienen contacto, ni contagio, con la vida moderna. No voy a entrar en la cuestión:
es ardua. Aquí y ahora baste decir que la labor social más importante del escritor
es el cuidado y mantenimiento del espíritu de comunidad. Desde las tres grandes
orillas de la lengua escribimos uniéndonos, a veces sin saberlo. Los escritores
verdaderamente importantes son anteriores a sí mismos, pero también son anteriores
a su pueblo. Son ellos los creadores del espíritu popular. Creo suficiente recordaros
que en la poesía de Federico García Lorca se reconstruyen nuestras raíces.
Mas no estamos nosotros a esa altura, ni todo son merecimientos en la labor del
escritor. Desde hace varios días pienso en este discurso. No es fácil escribir.
Cuanto más te interesa lo que estás escribiendo, se escribe más difícilmente.
En rigor, nadie sabe escribir pues al hacerlo es, justamente, cuando nos damos
cuenta de la indigencia de las palabras. Entonces, y sólo entonces, advertimos
que la escritura no es fiel al pensamiento, pues al quitarle su fluidez expresa
únicamente sus muy diversas instantaneidades. En rigor, cuando escribes, sólo
puedes fijar sobre el papel el pensamiento mutilado. Ésta es la penitencia del
escritor. Ésta es la penitencia que no se acaba nunca. Para ordenar de nuevo el
mundo y recrearlo hay que ordenar de nuevo esa pared de las palabras, esa pared
que cada día te estrecha y te limita más. El milagro de la creación poética estriba,
pues, en las limitaciones del lenguaje, tanto para expresar el pensamiento como
para expresar la realidad. Crear es ensanchar y engrandecer el mundo conocido,
mas la creación tiene su cruz: al fin y al cabo, para crear es preciso escribir,
y escribir es encerrarse en una cárcel. Ésta es la servidumbre y la grandeza del
escritor, y ésta es la ley de origen de la creación poética.
Ahora bien,
escribir es mi oficio y es necesario hacerlo, es necesario encarcelarse y enterrarse
en palabras. Ahora estoy escribiendo este discurso. Para escribirlo, antes que
nada, hay que elegir un tema. En nuestro caso no hay cuestión: el tema viene propuesto
por el nombre del premio. Una vez hecha la elección ya estamos en camino y quisiera
decir que esta elección me satisface. He dedicado gran parte de mi vida al estudio
de la obra de Cervantes y pienso que hablar de él, en este día, no es solamente
una obligación, sino una forma de agradecimiento. La lectura de Cervantes me ha
dado muchas alegrías. Sin embargo, ¡cuidado! Una cosa es leer y otra es caer,
pues la lectura del Quijote se nos adentra tanto que a veces es igual que
una caída. Una caída de difícil y lenta recuperación, pues te puedes pasar la
vida entera sin levantarte de ella. Para salvar esta dificultad conviene recordar
que don Antonio Machado recomendaba a los poetas:
Da doble luz a tu
verso, para leído de frente y al sesgo.
Esto precisamente
es lo que ocurre con Cervantes. Hemos reído innumerables veces con las aventuras
y desventuras de don Quijote, pero después hemos sentido una comezón muy parecida
al remordimiento. Quien no la sienta, peor; le falta algo importante para vivir.
Así pues, mucho cuidado con la lectura del Quijote. No es tan sencilla
como parece y hay que hacerla con doble luz: la luz del comprender y la luz del
compadecer. Cuando la sociedad es injusta con don Quijote, y lo es continuamente,
es indudable que no podemos comprender al caballero sin compadecerlo, y es indudable,
también, que no podemos compadecerlo sin sentirnos culpables. Todos somos injustos.
Todos hemos alzado la mano, alguna vez, contra don Quijote.
Estoy hablando
de Cervantes y sé, muy bien sabido, que es tema peligroso y zarandeado. Sin embargo,
no tengáis miedo. No voy a referirme al manco de Lepanto ni volveré a decir, por
millonésima vez, que nuestra lengua es la lengua de Cervantes. A pesar del millón
de citas, esta opinión es un dislate porque la lengua cambia constantemente, y
además, porque cada cual habla como puede, y a veces aún peor. También existen
otros riesgos que es necesario sortear. Por ejemplo, no creo gustosa la erudición
histórica, y así no haré apostillas al Renacimiento. Hay que dejar en paz ciertas
palabras. Como dice Azorín: "Entre caballeros, no es necesario hablar del Renacimiento".
Finalmente, tampoco voy a referirme al temple heroico de su carácter en tantas
ocasiones demostrado, sí a su heroísmo como escritor. Por experiencia propia lo
sabéis: para ser escritor, en muchas ocasiones, hace falta heroísmo. Cervantes
representa, mejor que nadie, ese raro heroísmo del que depende la cultura: el
heroísmo de la libertad.
Tengo que limitarme a hablar de un solo aspecto
de su obra. No es el más destacado, es el más útil, y por eso lo elijo. Cervantes
ha sido siempre considerado como el mejor ejemplo literario. Sin embargo, para
nosotros es algo más: para nosotros es un modelo. Conviene distinguir entre ambos
términos: el ejemplo se admira y el modelo se imita. No es igual una cosa que
otra. Creo preciso imitar a Cervantes por diversas razones, y las voy a enunciar,
sencillamente, sin adentrarme en ellas. Desde hace más de doscientos años, Cervantes
siempre ha sido un escritor contemporáneo. Nunca ha perdido esa virtud. Nunca
ha perdido el contacto interior con los lectores. Nos habla desde dentro de nosotros,
y por esta razón ha sido, al mismo tiempo, compañero y contemporáneo. Su lectura
es imprescindible porque aún tiene una actualidad sucesiva, misteriosa y profética.
Y algo más todavía; sigue teniendo una actualidad liberadora. Nos interesa destacar
este aspecto. Hoy vivimos la crisis más profunda que hemos vivido nunca. Pues
bien, siempre que la vida española se encuentra en crisis, vuelve la vista hacia
Cervantes para encontrar en su novela el código de salvación.
Esto me
hace pensar que Cervantes no sólo tiene razón y tiene gloria: tiene poder sobre
nosotros. Es nuestro tribunal de última instancia. Su lectura nos alegra y nos
hace vivir a manos llenas, pero ante todo y, sobre todo, nos hace el aire respirable.
¿No habéis pensado nunca que cualquier hombre que lee el Quijote recobra
la esperanza, y, por así decirlo, se confirma en sus manos sabiendo que
puede realizar cuanto desea? Nada importa entender el Quijote: lo que importa
es leerlo. Lo que importa es vivirlo. El Quijote es un libro tan insólitamente
libre que en él no hay nada irrealizable. Es un libro que nos hace vivir. Basta
leerlo para crecer. Basta leerlo para crecer. En cada una de sus páginas nos repite
lo mismo. Si tienes puesto en hora el corazón, puedes cambiar el mundo. Puedes
hacerlo justo. Puedes hacerlo libre. Es cuestión de intentarlo y hay que atreverse
a ello. La libertad de Cervantes nos ayuda, nos desata las manos. Hay que estar
cerca de él. Mientras lees el Quijote eres hombre de manera distinta. Mientras
sigas viviendo lo leído, serás un hombre libre. Su lectura tiene una acción liberadora,
y esta liberación es la primera de las razones que han hecho de Cervantes nuestro
contemporáneo.
Se diría que, en efecto, mientras lees el Quijote
vives de otra manera. Ahora bien, ¿y después? Pueden estar tranquilos. La pregunta
no es válida porque en Cervantes no hay después. Como escritor está continuamente
recién naciendo, y en cada nueva situación histórica cobra una nueva actualidad.
Tengo que confesar que a mí todos los años me enseña algo. Incluso me hace ver
de manera distinta lo que me había enseñado anteriormente. Así pues, sigamos preguntándonos
en qué consiste esta singularísima cualidad de que Cervantes siga siendo contemporáneo
nuestro, y que el Quijote sea siempre la novela más reciente que se escribe
en España. Conseguir este resultado nos parece un milagro, y un acierto técnico.
La novela de Cervantes es tan reciente que al leerla parece que está viva, parece
que se está haciendo todavía en las manos de los lectores. No nos da la impresión
de que está terminada. Quien más, quien menos, todos queremos interpretarla para
hacerla de nuevo a nuestro gusto. Parece una novela en libertad. La novela viviente.
La novela viviendo. La novela en que nada acontece de manera definitiva.
Por ejemplo, los personajes suelen cambiar de nombre y esto no tiene perdón de
Dios. ¡Adónde vamos a llegar! Fijémonos en un personaje principalísimo, la mujer
de Sancho. En la novela de Cervantes se llama Mari-Teresa-Juana-Cascajo-Gutiérrez-Panza.
El lector puede elegir entre estos nombres y elegir a su gusto. En cambio, en
el Quijote de Avellaneda se llama, a todas horas, Mari Gutiérrez. Allí
es tan formalista que tiene un solo nombre. No me extraña. No me puede extrañar.
Los autores pedestres no se toman libertades con la novela. Cervantes sí, Cervantes
sí se toma toda clase de libertades. Se le alegran las manos escribiendo. Se divierte
con todo. Ningún autor se ha divertido tanto escribiendo un libro. Tiene tal alegría
que escribe siempre de tirón, sin levantar la mano del papel. Luego vuelve sobre
sus pasos. Corrige y vuelve a corregir, pero nunca se ajusta a ley alguna. Los
detalles le parecen una friura y sólo atiende al pulso narrativo. Novelar es contar,
pero cambia lo escrito cuando quiere. Hace figuraciones y desfiguraciones porque
no tiene leyes preceptivas. No tiene leyes que lo limiten, y a fuerza de imaginación,
a fuerza de pasarse de la raya, pudo inventar y volver a inventar la novela moderna.
Esto es lo cervantino: la imaginación. Y con arreglo a lo que sabemos, inventar
divirtiéndose con todo. Se divierte bromeando con la técnica de la novela, bromeando
con sus personajes, bromeando con sus lectores y bromeando consigo mismo. Por
ello en su novela no hay nada puntual, nada definitivo, nada que pueda sostenerse
críticamente. En el Quijote todo está en suspensión, todo es complementario,
todo se opone sin contradecirse, todo está hecho y por hacer. Hasta los incidentes
que constituyen la trama de la novela campan por sus respetos y están en libertad.
Desde luego pueden cambiar, pero cambian con arreglo a una ley: son variaciones
sobre el mismo tema como una fuga de Juan Sebastián Bach. Pongamos otro ejemplo
en cierto modo por broma y en cierto modo por venganza, Altisidora y la duquesa
meten de noche varios gatos en la habitación del caballero. Los gatos están furiosos
porque llevan cencerro al cuello y van atados por las colas. Como el diablo todo
lo añasca, un gato ataca a don Quijote y le causa tales heridas que le hacen guardar
cama cinco días. ¡Ni que el tal gato fuera un tigre! Está claro que Cervantes
bromea, pero además, anticipándose a lo que puedan pensar los lectores, vuelve
a escribir, después, que guardó cama seis días. No quieres caldo, tres tazas.
En la obra de Cervantes, hasta los números pierden su acostumbrada seriedad. Los
cinco días de marras se convierten en seis por vía de encantamiento y aquí no
ha pasado nada. Las cosas que se afirman en el Quijote no se confirman
nunca. No necesitan confirmación. Por no necesitarla, dijimos que el Quijote
parece una novela en libertad. De manera evidente nos causa esta impresión. Ni
las palabras, ni los juicios, ni los hechos narrados en ella tienen carácter definitivo.
Todo queda en el aire porque Cervantes no constriñe a nadie. Diríase que Cervantes
no utiliza sus poderes de autor, y la novela se queda siempre en un vaivén figurativo
y desfigurativo, en un vaivén genial e inocentísimo, entre lo que se dice y lo
que es. Va haciéndose novela a su manera. Por eso está tan viva que nos parece
inacabada. También en esto se anticipó Cervantes a su tiempo. El argumento del
Quijote exige en todo instante la participación de sus lectores. En rigor,
su argumento lo fijamos nosotros y lo fijamos a nuestro antojo. Por consiguiente,
la participación de los lectores en la creación de la novela es una de sus características
más modernas, y otra razón, inmejorable, para seguir considerando a Miguel de
Cervantes contemporáneo nuestro.
En homenaje a Octavio Paz voy a hacer
mías sus hermosas palabras del año pasado: "El Quijote es una obra animada
por la ironía, que subraya con una sonrisa la grieta entre lo real y lo ideal.
Con Cervantes comienza la crítica de los absolutos, y comienza con una sonrisa,
no de placer sino de sabiduría. Cervantes sonríe. Aprender a ser libre es aprender
a sonreír".
Y ahora, para terminar este discurso, debo expresar mi último
agradecimiento. De igual modo que dije al principio que el escritor representa
al espíritu de la comunidad, la Corona es la reencarnación de la comunidad. En
esto estriba su sentido. Las instituciones nacionales la representan, la Corona
la encarna. Con ello entiendo que en la Corona está encarnado todo lo que nos
une, todo lo que nos sigue uniendo a los españoles, un poco más adentro, y más
allá, de la diversidad de las ideas políticas. Pues bien, este momento en que
Su Majestad Juan Carlos I me concede la investidura del Premio Cervantes es el
más importante de mi vida. La justicia.
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