| 
Discurso
de OCTAVIO PAZ
 ©Archivo
gráfico "El País" Octavio Paz. | Si
yo dejase hablar a mis sentimientos únicamente, estas palabras serían una larga,
interminable, frase de gratitud. Pero mi emoción es ciega. Bien sé que la realidad
simbólica de este acto es más real que la fugaz realidad de mi persona. Soy apenas
un episodio en la historia de nuestra literatura, la transitoria y fortuita encarnación
de un momento de la lengua española. El Premio Cervantes, al escoger a éste o
aquel escritor de nuestro idioma, sin distinción de nacionalidad, afirma cada
año la realidad de nuestra literatura. ¿Y qué es una literatura? No es una colección
de autores y de libros, sino una sociedad de obras. Las novelas, los poemas, los
relatos, las comedias y los ensayos se convierten en obras por la complicidad
creadora de los lectores. La obra es obra gracias al lector. Monumento instantáneo,
perpetuamente levantado y perpetuamente demolido, pues está sujeto a la crítica
del tiempo: las generaciones sucesivas de lectores. La obra nace de la conjunción
del autor y el lector; por esto la literatura es una sociedad dentro de la sociedad:
una comunidad de obras que, simultáneamente, crean un público de lectores y son
recreadas por esos lectores. Se dice que las ideologías, las clases, las estructuras
económicas, las técnicas y las ciencias, por naturaleza internacionales, son las
realidades básicas y determinantes de la historia. El tema es tan antiguo como
la reflexión histórica misma, y no puedo detenerme en él; observo, sin embargo,
que igualmente determinantes, si no más, son las lenguas, las creencias, los mitos
y las costumbres y tradiciones de cada grupo social. El Premio Cervantes, justamente,
nos recuerda que la lengua que hablamos es una realidad no menos decisiva que
las ideas que profesamos o que el oficio que ejercemos. Decir lengua es decir
civilización: comunidad de valores, símbolos, usos, creencias, visiones, preguntas
sobre el pasado, el presente, el porvenir. Al hablar no hablamos únicamente con
los que tenemos cerca: hablamos también con los muertos y con los que aún no nacen,
con los árboles y las ciudades, los ríos y las ruinas, los animales y las cosas.
Hablamos con el mundo animado y con el inanimado, con lo visible y con lo invisible.
Hablamos con nosotros mismos. Hablar es convivir, vivir en un mundo que es este
mundo y sus trasmundos, este tiempo y los otros: una civilización.
Desde
muy joven fue muy vivo en mí el sentimiento de pertenecer a una civilización.
Se lo debo a mi abuelo Ireneo Paz, amante de los libros, que logró reunir una
pequeña biblioteca en la que abundaban los buenos escritores de nuestra lengua.
Tendría unos dieciséis años cuando leí las dos primeras series de los Episodios
Nacionales, en donde quizá se encuentran algunas de las mejores páginas de
Pérez Galdós. Era una edición en octavo, de tapas doradas e ilustrada por varios
artistas de la época; los diez volúmenes habían sido impresos, entre 1881 y 1885,
en Madrid, por La Guirnalda.. Aquella historia novelada y novelesca de
la España moderna me pareció que era también la mía y la de mi país. Al llegar
a la segunda serie me cautivó inmediatamente la figura de Salvador Monsalud. Fue
mi héroe, mi prototipo. Mi identificación con el joven liberal me llevó a enfrentarme
con su medio-hermano y adversario, el terrible Carlos Garrote, guerrillero carlista.
Dualismo a un tiempo real y simbólico: el hijo legítimo y el bastardo, el perro
guardián del orden y el vagabundo, el hombre del terruño y el cosmopolita, el
conservador y el revolucionario. Pero Carlos Garrote, como poco a poco advierte
el lector, no sólo es el adversario que encarna la otra España, la de ¡religión
y fueros!, sino que es el doble de Salvador Monsalud. En el Episodio final -Un
faccioso más y algunos frailes menos, pintura tétrica de las dos Españas y
sus opuestos y simétricos fanatismos- asistimos a la muerte de Carlos Garrote
y a su transfiguración. Comenzó por ser el enemigo y el perseguidor de Salvador
Monsalud y termina como su hermano y su protegido: están condenados a convivir.
Cada uno es el otro y es el mismo. Descubrí entonces que a todos nos habita un
adversario, y que combatirlo es combatir con nosotros mismos. Esa lucha, ya no
íntima sino social, ha sido la substancia de la historia de nuestros pueblos durante
los dos últimos siglos. Así aprendí que una civilización no es una esencia inmóvil,
idéntica a sí misma siempre: es una sociedad habitada por la discordia y poseída
por el deseo de restaurar la unidad, un espejo en el que, al contemplarnos, nos
perdemos y, al perdernos, nos recobramos.
Muchas veces he pensado en
los paralelos hispanoamericanos de Salvador Monsalud. Aunque unos pertenecen a
la historia y otros a la novela, todos ellos, reales o imaginarios, pelearon y
aún pelean contra obstáculos que nunca soñó un héroe de Galdós. Por ejemplo, aparte
de enfrentarse con Carlos Garrote, guerrillero díscolo y montaraz, encarnación
de un pasado a veces obtuso y otras sublime, los Salvador Monsalud mexicanos han
tenido que combatir a otras realidades y exorcisar a otros fantasmas: España y
México tienen pasados distintos. En nuestra historia aparece un elemento desconocido
en la de España: el mundo indio. Es la dimensión a un tiempo íntima e insondable,
familiar e incógnita, de mi país. Sin ella no seríamos lo que somos. La presencia
del Islam y del judaísmo en la España medieval podría dar una idea de lo que significa
el interlocutor indio en la conciencia de los mexicanos. Un interlocutor que no
está frente a nosotros, sino dentro. Pero hay una diferencia capital: el Islam
y el judaísmo son, como el cristianismo, variantes del monoteísmo; en cambio,
la civilización mesoamericana nació y creció aislada, sin relación con el Viejo
Mundo. Lo mismo puede decirse del Perú incaico. El mundo indio fue desde el principio
el mundo otro, en la acepción más fuerte del término. Otredad que, para
nosotros los mexicanos, se resuelve en identidad, lejanía que es proximidad.
La aparición de América con sus grandes civilizaciones extrañas modificó radicalmente
el diálogo de la civilización hispánica consigo misma. Introdujo un elemento de
incertidumbre, por decirlo así, que desde entonces desafía a nuestra imaginación
e interroga a nuestra identidad. El interlocutor indio nos dice que el hombre
es una criatura imprevisible y que es un ser doble. En otras naciones hispanoamericanas
los agentes de la dislocación y transformación del diálogo fueron los nómadas,
los negros, la geografía. En lugar de otra historia, como en el Perú y
en México, la ausencia de historia. Desde su origen España fue tierra de fronteras
en movimiento, y su última gran frontera ha sido América: por ella y en ella España
colinda con lo desconocido. América o la inmensidad: las tierras sin poblar, las
lejanías sin nombrar, las costas que miran hacia el Asia y la Oceanía, las civilizaciones
que no conocían el cristianismo pero que habían descubierto el cero. Formas diversas
de lo ilimitado.
La diversidad de pasados y de interlocutores provoca
siempre dos tentaciones contrarias: la dispersión y la centralización. Nuestros
pueblos han padecido, en un extremo, la atomización, como la de América Central
y Las Antillas; en el otro, el rígido centralismo, como los de Castilla y de México.
La dispersión culmina en la disipación; la centralización, en la petrificación.
Doble amenaza: volvernos aire, convertirnos en piedras. Durante dos siglos hemos
buscado el difícil equilibrio entre la libertad y la autoridad, el centralismo
y la disgregación. La índole de nuestra tradición no ha sido muy favorable a estos
empeños de reforma. El siglo XVIII, el siglo de la crítica y el primero que, desde
la antigüedad pagana, volvió a exaltar las virtudes intelectuales de la tolerancia,
no tuvo en el mundo hispánico el brillo que tuvieron el XVI y el XVII. Un ejemplo
de la persistencia de las actitudes y tendencias autoritarias, recubiertas por
opiniones liberales, se encuentra precisamente en las páginas finales de la novela
de Galdós que he mencionado antes. Un personaje conocido por el fervor de sus
sentimientos liberales sostiene, sin pestañear, que "todos los españoles deben
abrazar la bandera de la libertad y admitir los progresos del siglo ... y si no
todos desean entrar por este camino, los rebeldes deben ser convencidos a palos,
para lo cual convendría que los libres se armen, formando una milicia". Este curioso
liberal era un devoto de Rousseau, el de la omnipotencia de "la voluntad general",
máscara de la tiranía jacobina. Armado de una teoría general de la libertad, Carlos
Garrote entra en el siglo XX. Ha cambiado de hábito, no de alma: ya no intimida
al adversario con los herrumbrosos silogismos de la escolástica, sino con las
ondulaciones de la dialéctica. Nuevas quimeras le sorben el seso, pero le sigue
fascinando el olor de la sangre. Saltó de la Inquisición al Comité de Salud Pública
sin cambiar de sitio.
Apenas la libertad se convierte en un absoluto,
deja de ser libertad: su verdadero nombre es despotismo. La libertad no es un
sistema de explicación general del universo y del hombre. Tampoco es una filosofía:
es un acto, a un tiempo irrevocable e instantáneo, que consiste en elegir una
posibilidad entre otras. No hay ni puede haber una teoría general de la libertad
porque es la afirmación de aquello que, en cada uno de nosotros, es singular y
particular, irreductible a toda generalización. Mejor dicho: cada uno de nosotros
es una criatura singular y particular. De ahí que la libertad se vuelva tiranía
en cuanto pretendemos imponerla a los otros. Cuando los bolcheviques disolvieron
la Asamblea Constituyente rusa en nombre de la libertad, Rosa Luxemburgo les dijo:
"La libertad de opinión es siempre la libertad de aquél que no piensa como nosotros".
La libertad, que comienza por ser la afirmación de mi singularidad, se resuelve
en el reconocimiento del otro y de los otros: su libertad es la condición de la
mía. En su isla Robinson no es realmente libre; aunque no sufre voluntad ajena
y nadie lo constriñe, su libertad se despliega en el vacío. La libertad del solitario
es semejante a la soledad del déspota, poblada de espectros. Para realizarse,
la libertad debe encarnar y enfrentarse a otra conciencia y a otra voluntad; el
otro es, simultáneamente, el límite y la fuente de mi libertad. En uno de sus
extremos, la libertad es singularidad y excepción; en el otro, es pluralidad y
convivencia. Por todo esto, aunque libertad y democracia no son términos equivalentes,
son complementarios: sin libertad la democracia es despotismo, sin democracia
la libertad es quimera.
La unión de libertad y democracia ha sido el
gran logro de las sociedades modernas. Logro precario, frágil y desfigurado por
muchas injusticias y horrores; asimismo, logro extraordinario y que tiene algo
de accidental o milagroso: las otras civilizaciones no conocieron a la democracia
y en la nuestra sólo algunos pueblos y durante periodos limitados han gozado de
instituciones libres. Ahora mismo, en los vastos espacios del continente americano,
muchas naciones de nuestra lengua padecen bajo poderes inicuos. La libertad es
preciosa como el agua, y, como ella, si no la guardamos, se derrama, se nos escapa
y se disipa. He aludido a la relativa pobreza de nuestro siglo XVIII, origen de
la filosofía política de la Edad Moderna. Sin embargo, en nuestro pasado -lo mismo
el español que el hispanoamericano- existen usos, costumbres e instituciones que
son manantiales de libertad, a veces enterrados pero todavía vivos. Para que la
libertad arraigue de veras en nuestras tierras deberíamos reconciliar estas antiguas
tradiciones con el pensamiento político moderno. Salvo unos tímidos y aislados
intentos, nada hemos hecho. Lo lamento: no es una tarea de piedad histórica, sino
de imaginación política.
La palabra liberal aparece temprano en
nuestra literatura. No como una idea o una filosofía, sino como un temple y una
disposición del ánimo; más que una ideología, era una virtud. Al decir esto vuelvo
los ojos hacia Cervantes, el escritor nuestro que encarna más completamente los
distintos sentidos de la palabra liberal. Con él nace la novela moderna,
el género literario de una sociedad que, desde su nacimiento, se ha identificado
a sí misma y a su historia con la crítica. La Comedia de Dante es el reflejo
de un mundo regido por la analogía; es decir, por la correspondencia entre este
mundo y trasmundo; el Quijote es una obra animada por el principio contrario,
la ironía, que es ruptura de la correspondencia y que subraya con una sonrisa
la grieta entre lo real y lo ideal. Con Cervantes comienza la crítica de los absolutos:
comienza la libertad. Y comienza con una sonrisa, no de placer, sino de sabiduría.
El hombre es un ser precario, complejo, doble o triple, habitado por fantasmas,
espoleado por los apetitos, roído por el deseo: espectáculo prodigioso y lamentable.
Cada hombre es un ser singular y cada hombre se parece a todos los otros. Cada
hombre es único y cada hombre es muchos hombres que él no conoce: el yo plural.
Cervantes sonríe: aprender a ser libre es aprender a sonreír.
|