
Discurso de JOSÉ JIMENEZ LOZANO
PALABRAS Y BARATIJAS

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Ocupo en estos momentos de la recepción del Premio Cervantes esta prestigiosísima cátedra del Aula Magna de esta Universidad de Alcalá, de un tan alto grosor y peso en la historia intelectual y cultural de España, porque en ella me ha instalado por unos momentos la gratuidad de dicho honor y distinción, para agradecerlos, y mostrarme comprometido a hacerles honor en la medida de mis fuerzas. Y las necesitaré porque, en este caso concreto del Premio Cervantes, hay ciertamente, para quien lo recibe, un plus de deuda y exigencia más allá de la literatura. Lo
que queda explicitado, con sólo aludir a la entidad y significación del nombre de dicho galardón, y de las manos de quienes se recibe.
Por su obra entera, en efecto, y de modo muy especial por el uso que de la lengua hace, se ha convertido Cervantes en símbolo o hasta encarnación de España, y la Corona lo es por la naturaleza y significado mismos de la institución y su historia, que han estado ligadas, como va de suyo, a esta empresa de la lengua, Y ello, tanto por conciencia de lo que la lengua implica en la comunidad de la que la Corona es cabeza, como por la atención personal de los monarcas, manifestada ampliamente en patrocinios, mecenazgos, protecciones, ayudas y espoleos; y de una manera muy singular, y como recogiendo toda esa herencia, se muestra en la preocupada atención de los actuales Reyes de España. Y no únicamente en el ámbito de ésta, sino en el otro magno ámbito de las naciones que hablan español, y componen una como provincia entera de la cultura humana, por encima y por debajo de la diversidad política u otras diferenciaciones de cualquier tipo. El español nos rige.
La realidad es ciertamente de estas dimensiones, y,
consciente de ello, quizás me conviniera callarme con
la mera enunciación de mi agradecimiento y mi
disponibilidad personal, como ya he hecho, que poca
cosa es, aunque la única hacedera para mí. Lo que pasa
es que ser escritor - o escribidor como me gusta decir
para quitar empaque a un oficio que al fin y al cabo es
tan modesto - supone andar metido en todas esas
responsabilidades de la lengua para nombrar al mundo,
como desde lo que llamamos literatura se nombra, y
John Keats nos explica tan hermosamente cuando nos
dice que hay que hacerlo, teniendo los pies en el jardín
de casa, y tocando con un dedo en las esferas del cielo.
Con estas pretensiones y necesarias auto-exigencias
vive un escribidor, aunque nunca las logre, y, porque
sabe esto, a algún árbol tiene entonces que arrimarse,
que dé sombra a esta empresa. Y, en esta gran provincia
universal del español que antes decía, tenemos al señor Miguel de Cervantes, que es nombre y olmo altos, y
cuenta y pesa en los pensares y sentires universales y
hondos.
En las viejas y algo destartaladas escuelas
rurales, y en las otra aulas de luego estudios medios y
superiores, a veces de no mucho mayor acomodo,
sucedía, sin embargo, algo tan extraordinario como en
el cuento de la Cenicienta, cuando ésta se queda en casa
a realizar las azanas más serviles de ella, mientras su
madrastra y sus hermanas asisten a una brillante fiesta
en un palacio. Esto es, sucedía que aparecía una carroza
de cristal en la que iba un príncipe, nos invitaba a subir
a la carroza, y partíamos. No sabíamos adónde, y ni
siquiera si regresaríamos.
Tal y tan fantástico, en efecto, es, en el acto de leer,
el encuentro primero y radical con un escritor y una
escritura, que se nos hacen admirar, cuando tenemos
intacta todavía nuestra capacidad de maravillarnos,
incluso si entonces no le entendemos a derechas, ni
podríamos entenderlo. Nos bastaba saber que aquellos
hombres eran grandes para rendirles nuestro respeto y
entregarles nuestra fiducia. Y había que hacerlo, y lo
hacíamos sobre todo con uno de ellos, un señor Miguel
de Cervantes que era titulado Príncipe de los Ingenios,
pero del que sabíamos su verdad, tal y como Mayans y
Siscar la enunciaba al escribir que, viviendo fue un
valiente soldado aunque muy desvalido, y escritor muy
célebre pero sin favor alguno. Y aún peor, porque, a fin
de cuentas, era y es escribidor, que ponía y pone a sus
lectores en esa misma situación que él mismo describió
cuando decía que lo único importante era caer en la
cuenta de que se tiene un ánima, y esto es en lo último
en que queremos caer en la cuenta cada uno de
nosotros, porque si la locura de la sinceridad se
apropiara del mundo ¿qué quedaría del mundo?, y,
cuando me tome la locura de la sinceridad, ¿qué
quedará de mí?, nos preguntamos todos, consciente o
inconscientemente, con Marcel Jouhandeau.
¡Dios sabe lo que diría el señor Miguel de
Cervantes de las cosas y aventuras de ahora! Él es uno
de los antiguos rostros pálidos europeos de los que,
según la modernidad, no puede importarnos nada, y del
que para nada necesitamos desde la altura de estos
tiempos; de manera que no es que esté escondido por
amedrentado con estas altanerías, sigue por donde
siempre sus pasos y costumbres fueron; y no es que no
sea reconocible, sino que no tendríamos nada que
conversar con él, si nos lo encontráramos como en otro
tiempo. Pongamos por caso en una posada o mesón,
charlando o jugando a las cartas, yendo a pie, o jinete
en asno o mula de eclesiástico, en algún alto de un
viaje, o, desde luego, escribiendo en un aposento de su
casa, con una mano apoyada en su mejilla y en la otra la
pluma, y con la mirada pasmada buscando palabra
exacta, carnal y verdadera, para lo que trata de escribir.
Mi hermano trata de sus cosas en su cámara, decía su
hermana Andrea, cuando por el señor Miguel de
Cervantes se preguntaba, en su casa de Valladolid. Porque
mi hermano, por ser hombre que escribe e trata negocios,
e que, por su buena habilidad, tiene muchos amigos.
Y sus cosas eran que tenía visitas de banqueros de
Portugal y Caballeros de Santiago, o andaba en sus
figuraciones de escritura, y negocio de las palabras, como
diría ahora mismo el Maestro Luis de León, que por estas
aulas alcalaínas pasó aprendiendo. Y trataba este negocio
de las palabras el señor Miguel de Cervantes, cuando tenía
tiempo, o el tiempo le sobraba porque ya no tenía empleo
como no fuera el de tratar con impresores, o quizás de ver
como se arreglarían las viejas cuentas de los tiempos de
sus recaudaciones andaluzas, o de forjar y armar algún
negocio, en la medida en que un banquero ha de hacer
negocios con quien no tiene dineros, aunque sí
melancolías de Italia y hasta quizás de Portugal nunca
visto. Porque también las tenía de las ínsulas y
navegaciones de los mares del Norte, y nunca había
estado en ellos, pero guardaba amores y laceraciones allí
ocurridas en esas mismas tierras y mares de su ánima, que
ya serían, en adelante, verdaderos para todos nosotros.
No era seguro siquiera que el señor Miguel de
Cervantes tuviese una estancia para sí mismo, siendo tan
estrecha la vivienda y viviendo el allí con cinco mujeres,
sus deudos, y vecinos de vidas pobres y dobladas. Quizás
nunca tuvo esa estancia para sí mismo que Virginia Wolf
y Teresa de Avila querían para ser, y ser ellas mismas,
salvo cuando en Sevilla su amigo Tomás Gutiérrez, un
antiguo cómico, se la cedía en aquella su posada
principesca. Toda la vida debió de estar buscando tal
estancia. Es decir, lugar para estar y escribir, que fuese de
condición apartadiza y con silencio, desde el que no se
oyeran voces ni ruidos descompasados, y en la que todo
no fuera un entrar y salir, y un decir continuo de voy a por
esto, me he dejado lo otro, preguntan a la puerta por
vuesamerced, ha llegado una carta y hay que pagar su
porte. La casa de Tócame Roque era aquella casa de
Valladolid, aunque quizás la recordase luego cuando la
tranquilidad de su otra casa de Madrid estaba hecha no del
silencio como de Cartuja, sino de silencios de olvidos, y
de pesares que pesan, y no dejan hablar ni escribir, con
ellos sobre el ánima. Pero de ésta, del ánima, hizo casa
bien segura, y desde ella respondía. y responde siempre,
porque historia a historia, se hila y se recuerda.
Así que, recordando por mi parte, el simplicísimo y
tremendo prólogo al Persiles en el que Cervantes cuenta
que en el camino de Esquivias a Madrid. fue reconocido
por un estudiante que comenzó a gritar, entusiasmado:
Éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre,
y, finalmente el regocijo de las Musas, lo que es resumir,
por cierto, las cosas que habitualmente seguimos diciendo
de este hombre y su escritura, y recordando, asimismo,
que él, el señor Miguel de Cervantes, contesta que no es
eso, que ése es un error donde han caído muchos aficionados ignorantes; yo, señor, soy Cervantes, pero no
el regocijo de las Musas, ni ninguna de las demás
baratijas que ha dicho, yo no quisiera tampoco decir aquí
palabra que el propio señor Miguel pudiera llamar y
llamara baratija, que es decir, retórica, amplificación,
fabricación de ens fictum o realidad fingida, faux brillant;
porque son las palabras las que dan el sentido y no al
revés, que decía monsieur Pascal. Y tal es la gloria y el
misterio de la literatura, que es el alzar vida con palabras
hasta de un cuerpo muerto, y asentar en la verdad las
historias que se cuentan.
En la escritura, nadie es grande por su estilo, sino por
su gramática; no lo es por su crítica política, social o de
costumbres, sino por tocar la gloria y la llaga de la
naturaleza trunca del destino humano, que parece
revelarse sólo a aquellos que, como el señor Miguel de
Cervantes, prestan mucha atención y tienen mucha
misericordia con los hombres, y desarman con su ironía el
nudo gordiano de las paradojas del vivir, sus insolubles
enigmas, aceptándolos como se están y son, y contándolos
en una lengua que, en feliz formulación de Marcel
Bataillon, si se la compara con los guisos condimentados,
y hasta salpimentados de su tiempo aunque no sólo del
suyo, tiene la sabrosa insipidez de la leche o del pan. Más
que ningún otro escritor... él permanece fiel al ideal de
transparente sencillez que Juan de Valdés había
formulado en el 'Diálogo de la lengua': escribir como se
habla Estética igualmente, de mis señoras y señores de
Port-Royal des Champs, por cierto; y la misma del
querido Maestro Luis de León, según le contestó a un
denunciador suyo algo redicho, diciéndole que así tan
simplemente hablaba y escribía, porque no sé otro
romançe que el que me enseñaron mis amas, que es el que
ordinariamente hablamos.
Este señor Miguel de Cervantes se alimenta de la
memoria y de la escucha, que son la materia del contar;
personas y lugares que han herido su alma, para que la de
quienes le lean también quede lacerada por las palabras, y
dé un vuelco; porque del ánima y sus pasiones trata
siempre un narrador de historias, y no de otra cosa; esto
es, de la singularidad de cada vida, y su destino. Para
remover otras vidas.
El pensamiento renacentista del que Cervantes es hijo
impregna su escritura de todos los grandes temas y
preguntas del tiempo, y no ciertamente como importados
del pensar especulativo y discursivo ajenos y europeos,
como ha sido la tendencia a ver las cosas a veces, quizás
embaucados por la trampa del Prólogo a la Primera Parte
del Quijote, sino porque él mismo, Cervantes, es un
humanista, y lleva en su propio espíritu todo ese
problematismo y sus vivencias, pero expresa todo eso,
obviamente, como lo hace un escritor, que es modo bien
distinto del especulativo en que se expresará Erasmo,
pongamos por caso. Pero el Cervantes contador de
historias es un humanista más, entre los que reclaman para
la literatura el estatuto de conocimiento, y maneja él mismo los mismos topoi y categorías, o imaginarios, del
tiempo; tales como la moria, los fantasmas, y el stultus, o
scurra, a su modo de escritor, como digo; y también están
en sus pensares los otros asuntos de la gloria de las letras,
la pertinencia de las lenguas vulgares para nombrar el
mundo y como lenguaje de disciplina, pero, desde luego
de manera eminente, en el diario vivir humano para
verdad y eficacia del nombrar; y están, en fin, la dignidad,
la fineza del sentir y de la palabra de los más sencillos, y
de los seres de desgracia. Y de tal manera esto último que
Cervantes puede, y debe, ser incluido, sumo honor
realmente, en ese pequeño número de genios verdaderos
que Simone Weil señala como los únicos dignos y
capaces de mostrar la desgracia y la condición de los
aplastados por ella, y que no debemos confundir con los
poseedores de talento, que es muy otra cosa; algo brillante
y ruidoso siempre desde luego, pero, como Ernest Renan
pensaba, al fin y al cabo, sólo la forma más baja de la
inteligencia. Estamos hablando de quienes no producen
las genialidades y esplendores del talento, sino que se
asoman a pozos y a abismos, o desposan sencillamente los
susurros y la misericordia. De manera que no podemos
ofender el lenguaje de Cervantes, declarándole por nuestra
cuenta dechado y falsilla de la buena prosa, porque
baratija sería; se trata del lenguaje, - armonía y dulzura,
para utilizar otra fórmula frayluisiana -, que hace que
vivamos y desperemos, que nos lacera, o por el que nos
llena de alegría aquello que leemos y una escritura dice; esto es, realmente una lengua carnal y verdadera, y no una
alquimia o juego de palabras, pura técnica del ars dicendi,
un aspecto en el que Cervantes se apartaría del pensar, del
sentir y del uso de su tiempo, que pertenece a un nivel de
realidad, al fin y al cabo, formal e instrumental, incluso si
es soberbiamente retórico. Y aquí me remito a una especie
de palabras fundantes al respecto del profesor Lázaro
Carreter, cuando escribe que don Quijote es un héroe
novelesco enteramente insólito, inimaginable en época
anterior: un enfermo por la mala calidad del idioma
consumido; y la mala calidad es la de toda lengua que no
nombra, por coruscante que sea y nos deslumbre. Y lo es
la de la lengua instrumental y ahí-a-la-mano, banalizada y
sin sonoridad a ser humano y a grosor de siglos, o la
lengua encanallada por los dos grandes totalitarismos y la
comercialidad de nuestro tiempo, que ciertamente nos
llevan a la locura y al crimen - porque en la base de
ambos está, desde luego, la gramática - y nos impiden el
conocimiento y el autocomprendernos en el mundo, que
es para lo que se escribe. Herr Martin Heidegger describía
a la palabra como la casa del ser; pero nosotros, aunque
mucho más modestamente, podemos alzar nuestra
experiencia de este negocio cervantino de las palabras que
nombran, comprobando, en verdad, que sólo ellas nos
instalan en el conocimiento y abrigaño en los adentros, y
nos permiten no permanecer en la pura instrumentación y
desamparo.
En la casa levantada con palabras por el señor
Miguel de Cervantes, y ahora mismo, podemos
nosotros escuchar esas voces que hablan de nosotros, y
de los hombres de cada tiempo, como ocurre siempre
con los personajes y las voces de las grandes creaciones
literarias, incluso si un tiempo como el nuestro no
quiere saber nada de historia, ni de historias de hombre,
y el oficio de novelista es una tarea profundamente
misteriosa que molesta al mundo moderno, como
comprobaba, hace ya cuatro décadas, la novelista
norteamericana, Flannery O´Connor. Pero aquí,
Cervantes nos repite, ahora, no con ninguna clase de
autoridad postiza que jamás tuvo, sino con su antigua
palabra susurrada y poderosa, que él nunca quiso irse
con la corriente del uso. Porque los usos pasan, y van a
dar a la mar, derechos a se acabar y consumir, pero los
hombres necesitan siempre una gran misericordia y
viático de ironía, para vivir apacible y serenamente, y
como hombres, incluso en medio de desazones y
tormentas. Y de armar historias, para nuestro
conocimiento y consuelo precisamente, se ocupaba el
señor Miguel de Cervantes, en la cámara de su casa, en
su mechinal de posada, o en su baño de Argel, o incluso
cuando ya la muerte le dio cita y plazo, que no otra cosa
es ese castillo de cristal del Persiles, tallado como un
diamante oscuro, porque es como un resumen de todos
los sueños y enigmas de los hombres, una callada
armonía de voces y decires, historias de mil vidas que
implican otras vidas al decirse, y otros tiempos; y todos
los anhelos del vivir desviviéndose en ínsulas extrañas,
las de los adentros, en las que aquellas historias se sajan
y revelan. Y todo contado con tan suave cuidado y
dolorido sentir, tanta misericordia, en una lengua
antigua y tan sin tiempo, como Bach componía con sus
anacronismos sus caprichos de alabanza o piedad;
como candelas para luz del alma, que eran a las que
volvía sus ojos don Quijote, a la hora de morir,
queriendo entonces hacerse caballero de una Caballería
perdurable.
Hay en ese sueño, que es el Persiles, un tal
atendimiento a la precisión y armonía de la lengua, en
efecto, que ciertamente ahí se aúnan el espíritu de
fineza y el de geometría, de los que hablaba Pascal, y
componen un discurso como el de Spinoza; y de tal
modo se torna obsesiva la cuestión de honestidad del
pensar y el escribir contando historias verdaderas, que
todo eso sitúa también al señor Miguel de Cervantes,
entre ellos e inter pares, en los otros altos momentos
del pensar y el sentir barrocos. Baruch de Spinoza tenía
en su biblioteca las Novelas Ejemplares de Cervantes, y
conocía a un hombre de letras que, por alguna
laceración en su existencia, también se creía de cristal
como el licenciado Vidriera cervantino; y guiños son
éstos que hace la vida como las novelas que son vida,
aunque no se ajusten a cánones como las del señor
Miguel de Cervantes, sino que estén regidas más bien por el spinoziano sentir de que no se debe reír ni llorar
ante la aventura de la vida humana y su oscuro discurrir
y destino, sino sólo tratar de comprender, y que es
mejor un sueño o esperanza gozosos que la certidumbre
de una desgracia. Lo que ni ahora ni nunca, desde
luego, va, ni irá jamás, con la corriente del uso.
Cervantes sabe, y lo muestra - y esto sólo lo saben
y lo muestran los grandes que con su gramática
nombran el mundo y las historias de los hombres como
lo hizo Adán con los animales - que todo es nada, sólo
niebla y humo, y que también el escribir lo es. Qohélet
ya lo había avisado más de dos mil años antes, pero
también que no se dejarían de escribir libros, porque, al
fin, el mundo y el rostro de los hombres y los libros
humo son, pero también gloria y alegría, y hay que
desposar y vivir éstos, antes de bajar a lo oscuro,
amparados a la luz del alma. Y esto es caer en la cuenta
de que se tiene una, como el señor Miguel decía, según
apunté más arriba, y de que ésta está siempre inquieta
por la verdad y la hermosura. La escritura alimenta ese
anhelo, y lo satisface con sus transfiguraciones y
presencias reales.
Las grandes horas de España, como las de
cualquier civilización y empresa del espíritu, siempre
de la corriente del uso se separan y desgajan. De la
tensión y entrecruce de pensares, sentires y vivires, de
la España de las tres leyes - única en Europa -, y de la
de la interior aventura de los conversos - que es un
hecho mayor en la cultura europea, porque ahí nace la
conciencia no del yo cartesiano sino del yo existencial y
vívidero -, se origina el más alto esplendor de nuestra
hermosura literaria, en toda la enorme provincia misma
de la Hispanidad de la que antes hablaba, y en las
comunidades donde se da aún la pervivencia del judeo-español,
que nuestra ánima lleva y preserva.
Deseo, para España y su cultura, que, abiertas y
entrecruzadas con los sentires y saberes del mundo
entero, porque el solipsismo cultural es un puro
sinsentido, se sigan estando en su ser mismo, y que allí
donde estén ellas, esté el centro, como, en la gloriosa
discusión sobre quién presidiría la mesa, dijo don
Quijote a Sancho en casa de los duques; y no a tontas ni
a locas precisamente, sino sabiendo. No a baratija, sino
a ánima, como yo quisiera haber pergeñado un apunte o
silueta, aquí, ante ustedes y en la presencia de los Reyes
de España, acerca del señor Miguel de Cervantes, de
nuestra lengua, y de quienes en el ancho mundo la
hablan, o la entienden, y la aman.
Majestades, acepten este mi deseo como un voto
antiguo, al que nobleza obligaba, ya que he quedado
enrolado en este negocio y vinculación cervantinos por
la distinción misma que se me ha concedido. La
civilidad y la cristiandad, dice Pascal que impiden
hablar de uno mismo, y hasta pronunciar el primer
pronombre personal; pero espero no faltar a esta
gramática, que llevo en mi propio corazón, si sólo apunto a ese mi yo un solo instante para decir, sencilla y nuevamente: GRACIAS
José JIMÉNEZ LOZANO.
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