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Discurso de FRANCISCO UMBRAL
Señor. Señora. Dignísimas autoridades. Señores académicos.
Queridos Amigos.
YO, como don Quijote, me invento pasiones para ejercitarme". Esta
gentil declaración de Voltaire encierra, me parece a mí, la más
fina y sutil interpretación de Cervantes. Porque Don Quijote no
está loco y Cervantes mucho menos, eso lo sabemos desde el principio
del libro. Don Quijote es hidalgo cincuentón y soltero que, llegado
a ese ápice de la vida, decide pegar el salto cualitativo y cambiar
la realidad de los libros por la irrealidad de la vida, mucho más
palpitante y vibrátil de lo meramente escrito. Don Quijote principia,
o casi, por hacer realidad una metáfora, los molinos que se parecen
a los gigantes, y arremete contra una realidad literaria que le
desbarata, como tantas otras le van a desbaratar a lo largo de su
nuevo camino. Pero aprendamos esto: que Don Quijote nunca se enfrenta
sino contra metáforas del vivir, desface alegorías y yangüeses,
o reposa en unos duques, de modo que la locura empieza con la realidad
y no antes. Voltaire vio bien que el hombre en madurez o pega ese
salto que digo o le coge ya la postura a la vida, que es la muerte,
y no dará más de sí. Don Quijote acierta con ese momento en que
se cambia de vida, de cabalgadura, de compañía -Sancho Panza- de
curas y bachilleres, de dueñas y sobrinas, del mismo sol en las
mismas bardas. Los libros que leía le estaban hurtando a la poesía
de la acción con la poesía poética y mala de la dicción. Así que
incluso se inventa, entre las pasiones militares y andantes, una
nueva pasión amorosa, una moza lejana que viera en mercado, dejando
que el propio amor la ascienda a princesa.
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Francisco Umbral en un momento de la lectura de su discurso
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Es la primera lección que Cervantes nos da en su libro. La vida
tiene una segunda parte que se correspondería con la tercera juventud
de Aristóteles. Es él, Cervantes, quien rompe con la mediocridad
de su vida, pálidamente enaltecida de glorias bélicas, para emprender
un libro donde está su rabia por el mundo, su energía al fin liberada
al servicio de sí mismo, no ya la energía domeñada y servil del
alcabalero y otras suertes. Cervantes es irónico por anacrónico.
Ha empezado tarde su aventura y lo sabe.
El Quijote no es el libro que vive sino la vida que no ha vivido,
y no nos pone a su personaje como ejemplo de nada ni hidalguía de
nadie, sino como caso singular de hombre que se decidió a pegar
el salto y ese salto quien lo pega es él mismo en figura de Quijote,
e incluso se lo hace pegar a un pobre borriquero hecho de perezas
y conformidades, siendo así que Sancho nunca pierde el sentido,
ese inútil y pobre sentido común del pueblo, pero tampoco pierde
la ironía y la distancia para burlarse de su amo con todos los respetos.
Don Quijote entra en su nueva edad como un escándalo y Sancho pasa
todas las aduanas como un saco de centeno. Tenemos, entonces, el
salto desdoblado en tres. Cervantes que roba la fama con un libro,
Don Quijote que toma por asalto la libertad del vivir más allá de
la edad y la voluntad. Sancho, que primero a regüeldo y luego a
pleno pulmón, vive vida de caballero andante sin haber leído tales
libros. Es la primera rebelión española del intelectual aburguesado,
la primera revolución burguesa del hidalgo antecedente y el primer
motín del castellano pueblo, un motín de uno solo, Sancho, que vale
todos los que vendrán. Aún hoy, y hoy más que nunca, el hombre que
no hace esa revolución interior, que no pega ese salto vecinal,
será comido por el poder, amortajado por lo establecido y muerto
de asco.
España dio el salto quijotesco, porque Don Quijote es la metáfora
de España, sí, pero no en el sentido festival y dominical en que
lo dicen quienes suelen. España se inventa pasiones para sobrevivirse
a sí misma, para ser algo más que una majada bien regida y una provincia
del latín que llamaremos castellano. La pasión de América, la pasión
del Imperio, la pasión de Europa, la pasión del mundo mueven Españas
y nos ponen a la cabeza del siglo, de los siglos. Hay una luz monárquica
y difusa alumbrando las batallas, y hay una luz popular y ambiciosa
embriagando a las gentes. España todavía no tiene agujetas de Imperio
sino que quiere llegar a Carlos V, quiere escorializarse en Felipe
II, quiere parir su gran Barroco, del que viene preñada, porque
la pasión de España, antes que mística o ambiciosa es una pasión
creadora, un movimiento de plebes y reyes hacia la expresión tectónica
y violenta de eso que Stendhal definiría como el último pueblo con
carácter propio que le queda a Europa.
España no es un compromiso burgués, como Sartre nos dice del hombre
mismo y como lo son Francia y otros estados. España es un compromiso
guerrero por afirmarse, por difundirse, por existir, por cumplir
sus pasiones imposibles y, en suma, por ejercitarse. Los españoles
aman la vida por la vida, no por la mística ni el decoro, y varias
generaciones y tres siglos viven enamorados de Aldonza Lorenzo,
la ríspida y dulce Dulcinea, que a cada uno espera a la vuelta,
como el pequeño Ulises que es.
Hay tres razones para ser héroe, como diría Salvador Dalí. En
Cervantes, estas razones son el inventarse pasiones, la capacidad
de ejercitarse contra el tiempo y el haber roto con el compromiso
burgués de la novela y de la vida. El hombre que se inventa pasiones
es tan héroe o más como el que las vive. El hombre que se ejercita
a diario, no sabemos si para la vida o para la muerte, es el que
quiere agotarlo todo aquí y, como decía Juan Ramón Jiménez, que
la muerte cuando llegue, sólo encuentre un pellejo vacío, porque
nuestra sementera humana la hemos esparcido fecundamente. Por aclarar
un poco las cosas, diremos que Don Quijote, efectivamente, es un
personaje de novela, pero donde veo yo al hombre metafórico es en
Cervantes, que nos da el nivel medio del hombre español, siempre
de santo laico, de héroe doblado o de comunero entre el pueblo.
Queremos a Cervantes no tanto por ilustre como por hombre medio
que roza irónicamente el fracaso para triunfar de la España oficial
con su España real, habitada de mozas y domadores, de explotadores
y manteadores, de duques aleves y amores imposibles.
La novela de caballerías era un compromiso burgués con los burgueses
de entonces, que se llamaban hidalgos. Compromiso económico, literario,
cultural, mercado de fantasías, toma y daca de sueños anacrónicos.
Siempre ha habido en estos países europeos una cultura de pícaros
que ha tenido como rehén al buen burgués perezoso. Esta continuidad
en lo mediocre la rompe el barroco, la rompe Cervantes, la rompe
el 98, la rompe el 27, la rompe siempre una juventud venidera, y
el heroísmo irónico de Cervantes está en hacer él solo la revolución
de los jóvenes cuando ya es un viejo. Admitamos prudentemente que
España es un país de clases medias, también en lo intelectual, y
con ellas pacta el escritor o el artista por conveniencia, supervivencia
y acomodo. Este pacto es lo que explica la tardanza de nuestro país
en algunos momentos de la historia, pero ya vemos que esa tardanza
se resuelve de pronto con un libro, con una espada, con un caballero
andante. Cervantes, sí, viene a romper el compromiso burgués de
la novela de caballerías, abriendo brecha para una nueva literatura,
que es la de Quevedo, Torres Villarroel, etc. El público de Lope
era la plebe de los corrales de comedias. El público del novelista
eran los hidalgos o feudales en decadencia que tenían letras y leían
malos libros. Después de Cervantes, no siendo él barroco sino renacentista,
el barroquismo no es ya sólo una figura sino también una corriente,
y en ella están Góngora, los citados Quevedo y Torres, el teatro
de Calderón y la imaginería religiosa que levanta una Contrarreforma
tardía históricamente, pero madura y otoñal en Berruguete y en toda
la lujuria católica de un ritualismo que se ha quedado vacío y por
eso puede dedicarse gratuitamente a la forma por la forma, cosa
que ya no podemos sino llamar modernidad.
He ahí la herencia de Cervantes, el hombre que puso España patas
arriba, vio arder la cultura vieja y murió con el sol en las bardas
como su personaje. Cervantes es la modernidad por todo lo que se
ha dicho y por sus dos máquinas de guerra: un hidalgo y un fantoche
llenos de sol y viento. Con sólo esa artillería pone en pie las
Españas, deja la revolución por donde pasa, un rastro de justicia,
de ley, de reinado, que serviría de regocijo a los lectores, pero
ese regocijo es curativo y predispone, como vemos, a mayores mudanzas.
El hombre que se inventa pasiones para ejercitarse, encuentra luego
en la vida que esas pasiones son reales, que Dulcinea existe, siquiera
como Aldonza, y que la renovación personal y total hay que hacerla
en serio. Cervantes empezó ejercitándose contra sí mismo y acaba
por ejercitarse contra los demás, trastornando todas las vidas por
donde pasa e incluso escribiendo una segunda parte de su libro porque
follones y malandrines se lo piratean y porque la España oficial
u oficinesca le resta el prestigio ganado e ignora la validez de
su reforma. El autor se inventa un segundo libro sobre el que ya
escribiera, como se inventa una segunda vida erguida y atroz, por
sobre su vida de soldado, alcabalero, palaciego frustrado y pobre
hidalgo manchego. Antes que los grandes de su siglo rompe con el
compromiso burgués de la literatura y saca una novela que Unamuno
llamó Biblia de España. Cervantes es vanguardia, como vanguardia
es rebeldía y como rebelde deja herencia. Nadie en nuestra entraña
progresista ha renegado de él, aunque muchos lo hayan utilizado
como tintero de oro de sus escribanías inquisitoriales.
Sólo tenemos el presente, los hombres templados, y presente purísimo,
activísimo, es la vida de Cervantes, Don Quijote y Sancho Panza,
con sus caballos y rucios. Sólo a eso hemos venido aquí. A conquistar
el presente para todos.
Francisco Umbral
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