En 1974, dos científicos estadounidenses Sherwood Rowland y Mario Molina descubrieron que los CFC (clorofluorcarbonos), sustancias muy utilizadas en la industria, destruyen el ozono. Algunos de estos productos que se vienen utilizando desde los años 20 son el freón, los aerosoles, las pinturas, y los sistemas de refrigeración y de aire acondicionado.
Moléculas de CFC
Rowland y Molina fueron atacados por las empresas productoras, sin embargo pocos años después la evidencia les daría la razón; mediciones de la capa de ozono sobre la Antártida reveló un grosor anormalmente delgado y se comprobó que la causa era el uso de CFC´s.
El Protocolo de Montreal y sus enmiendas identifican una serie de compuestos dañinos para la capa de ozono, entre los cuales se encuentran los Clorofluorcarbonos (CFC) ya mencionados, los agentes de extinción de incendios (HALONES), los Hidroclorofluorcarbonos (HFC), Bromuro de Metilo, Metilocloroformo (MCF) y tetracloruro de carbono. Existen otros compuestos sintéticos como las brominas, que también destruyen el ozono.
Destrucción de la capa de ozono
Proceso de destrucción
Los compuestos que destruyen el ozono son muy estables, pueden tener una vida media mayor de 100 años, por eso cuando son liberados a la atmósfera, no son degradados si no que alcanzan la estratosfera.
Una vez allí, las intensas radiaciones ultravioletas del Sol causan una reacción química en la que el átomo de cloro de estos elementos es liberado. El átomo de cloro ataca una molécula de ozono y la rompe en una molécula de oxígeno y una de monóxido de cloro. Luego una molécula de oxígeno rompe la molécula de monóxido de cloro y el átomo de cloro queda libre para comenzar el proceso nuevamente. Así el proceso se autoalimenta ya que en promedio un átomo de cloro es capaz de destruir hasta 100.000 moléculas de ozono. El proceso se detiene finalmente cuando este átomo de cloro se mezcla con algún compuesto químico que lo neutraliza.