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La prostitución en los libros

Buena la ha montado la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía al obligar al dueño del local cordobés “Eróticas Goya”, pintoresco nombre, sí señor, a dar de alta en la Seguridad Social a una docena de prostis, pues dicen los magistrados que la labor que realizan, el alterne, o sea, tomarse copas con el cliente a razón de una comisión sustanciosa por el bebercio, otra cosa es el comercio, implica una relación laboral como cualquier otra.


Dicen que el putiferio es la profesión más antigua del mundo y razón hay en decirlo, pues se creen sus orígenes en Sumeria y Babilonia, donde hacer el amor con los extranjeros que llegaban, y además en el templo, eran muestra de hospitalidad. Y es que la prostitución, en otras épocas y lugares, ha tenído carácter religioso, casi sagrado, como fue en Chipre, Cerdeña y Sicilia, lugares que culturizaron los fenicios muy dados a ello.

En el siglo de Oro, En España las mancebías estaban regentadas por los municipios, que hacían buena bolsa a cuenta de las furcias, mujeres desgraciadas que vivían en la más absoluta miseria, generalmente, o criadas abandonadas por el señor una vez que había satisfecho sus ansias sexuales o bien había quedado preñada. Las putas llevaban vestidos que las distinguían del resto; en España y en particular en la Villa y Corte, usaban sayas pardas con picos, de ahí la frase "irse de picos pardos".

Mucha, muchísima literatura se ha escrito en torno a esta profesión, fundamentalmente femenina. Izas, rabizas y colipoterras es un texto de Camilo José Cela para unas fotografías tomadas por Joan Colom, sin que las rabizas se dieran cuenta. Una de ellas se querelló por encontrar el escrito muy ofensivo para las mujeres. En su día, 1964, y pese a lo escandaloso del libro, fue publicado por la editorial Lumen, cuya directora era Esther Tusquets y pudo ver la luz porque Cela era amigo de manuel Fraga.

Francisco de Quevedo, ese misógino de pluma excelsa, tocó por supuesto el tema de las putas con la ironía y sarcasmo que le caracterizaba. Aquí va un mínimo ejemplo ante una acusación de paternidad: “Yo el menor padre de todos/los que hicieron ese niño/que concebisteis a escote/entre más de veinticinco/fuimos sobre vos señora/ al engendrar el nacido/ más gente que sobre Roma/ con borbón por Carlos V”.

Tango y prostitución fueron de la mano en los arrabales bonaerenses. La poesía lunfarda, que recoge casi dos mil letras de tangos entre 1920-1940, se lleva la palma. Para los interesados, existe un libro al respecto. Putas de España. De la Ilustración a la democracia, es un gran trabajo de Joaquina García de Fagoaga que trata exhaustiva y rigurosamente el tema. Asimismo el divertidísimo de Javier Rioyo, La vida golfa: historia de las casas de lenocinio holganza y malvivir, es un dislocante recorrido por los lupanares de distintas épocas y anécdotas tanto regias como plebeyas. Las cortesanas: un catálogo de sus virtudes, de Susan Griffin, nos narra las vidas y milagros, técnicas amorosas y otros despilfarros de mujeres que hicieron época como Mogador, Sara Bernhardt, la Bella Otero, Coco Chanel o Madame Pompadour, un experta de antología.

Dos grandes escritores americanos como el peruano Mario Vargas Llosa y el uruguayo Juan Carlos Onetti, han dedicado la belleza de su narrativa a este tema. El primero con Pantaleón y las visitadoras, 1973, historia basada en un hecho real en el que el capitán Pantaleón Pantoja es encargado por las Fuerzas Armadas de Perú crear un servicio secreto de prostitutas, a las que llaman visitadoras, en plena selva peruana. De Onetti es Juntacadáveres, 1964, ascenso y caída del proxeneta Larsen y con él del prostíbulo que regenta.

El Decameron, La lozana andaluza, de Francisco Delicado, Diálogos de cortesanas, de Pietro Aretino, La Celestina, del bachiller Fernando de Rojas, El arte de las putas, de Nicolás Fernández de Moratín, son obras que tratan el tema sin interés moralizante pero dejando patente el sentir de la época ante un tema nunca fácil. Hasta nosotros llega la polémica que siempre hubo: legalización o no.



Terra/ Lola Canales

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